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Desde las organizaciones civiles ibéricas, venimos insistiendo en la necesidad de la creación de un organismo permanente de coordinación ibérica.

Actualmente, las cumbres ibéricas; las sesiones conjuntas de los parlamentos; las comisiones de coordinación territorial; las eurorregiones; la transversal Red Ibérica de Entidades Transfronterizas; en el ámbito local, las eurociudades; en el plano cultural, el Instituto de Estudios Ibéricos de Guarda, además de otras muchas iniciativas y organizaciones, son los mecanismos a través de los cuales se articulan las relaciones ibéricas.

El camino realizado desde la integración conjunta en la Unión Europea es fabuloso, con un balance muy positivo. Sin embargo, a partir de la crisis de 2008, el impulso ha decaído notablemente. Además, la nueva crisis provocada por la Covid-19, ha llevado al cierre temporal de las fronteras; una «bofetada» que ha permitido comprobar lo que aún supone la división de la península en dos Estados.

Es indiscutible que el marco de la Unión Europea es lo que nos ha permitido avanzar, pero Portugal y España pueden avanzar mucho más. La realidad ibérica se manifiesta como un elemento diferenciador. De hecho, la cultura; la lengua; la historia compartida, es mucho más próxima a la que se puede tener con cualquier otro país europeo. El grado de integración económica; de cooperación, en general, también son mayores que con otros países. Por estas circunstancias, la península puede avanzar más, en políticas de integración, que el conjunto de la Unión.

Para ello, necesitamos de mejores instrumentos. Los citados al principio de este texto, no son suficientes. Las cumbres anuales de los gobiernos, adolecen de una estructura sólida, y una alarmante falta de cumplimiento de sus acuerdos. Estos incumplimientos se derivan, en buena parte, de la falta de cualquier mecanismo de seguimiento y fiscalización.

De ahí la propuesta del Movimiento Cívico Ibérico para la creación y desarrollo de un Consejo Ibérico, como un organismo específico que permita dar un «salto adelante» en las políticas peninsulares. Una entidad con carácter permanente, y con estructura estable. Es más, hay ejemplos de este tipo de organismos entre países europeos. Está el grupo «Visegrado», compuesto por Eslovaquia; Hungría; Polonia y la República Checa; el «Consejo Norte», formado por Islandia; Dinamarca; Suecia; Finlandia y Noruega, o el «Benelux» compuesto por Bélgica, Holanda y Luxemburgo. Pero, sin duda, el mejor ejemplo lo constituye la relación franco-alemana, concretada en el Tratado de Aquisgrán de 2019 entre Francia y Alemania, que tiene un marcado valor simbólico, y una vocación de liderazgo en el seno de la Unión Europea.

La creación del Consejo Ibérico habría de ser entendida como un elemento de profundización de las políticas comunitarias. Podría ser, utilizando la expresión acuñada por el eurodiputado Ignacio Sánchez Amor, un laboratorio de políticas de integración; de difícil desarrollo para 27 países. Por poner algún ejemplo, España y Portugal podrían tener un catálogo de títulos académicos común, que hiciese innecesaria su homologación; una experiencia que se ofrecería a la Unión Europea.

También sería necesario buscar el apoyo popular a la idea; que, en un primer momento, podría validarse con su inclusión en los programas electorales de los diferentes partidos.

A modo de esbozo de las principales características de este organismo, indicaría los siguientes aspectos:

1- El Consejo ibérico sería un organismo creado por un tratado internacional entre Portugal y España, que sustituiría al actual, que data del año 1977.

2- El Consejo Ibérico tendría al frente a personalidades y técnicos de reconocido prestigio, con experiencia y conocimiento en las relaciones hispano – portuguesas.

3- El manejo de los idiomas español y portugués estaría garantizado.

4- Las funciones del Consejo Ibérico englobarían a la totalidad de las áreas públicas, con una vocación de cogobernanza ibérica.

5- Un objetivo fundamental sería el de visibilizar internacionalmente la alianza ibérica, por lo que la coordinación de las políticas de exteriores; en particular, los posicionamientos en el seno de la UE, deberían configurarse como una prioridad.

6- Debería de hacerse a «coste próximo a cero», pues bastaría con reasignar funcionarios de otros ministerios, y partidas presupuestarias ya establecidas.

En definitiva, creemos que es hora de proponer y desarrollar actuaciones imaginativas y que puedan significar la apertura de una nueva etapa de integración ibérica.

Es hora de reflejar el especial vínculo entre nuestros países en una entidad que sirva de referencia; práctica; eficaz, y siempre al servicio de la ciudadanía de la península. España y Portugal son algo más que dos países socios en la Unión Europea.

Pablo Castro Abad