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Nada nuevo expreso si digo que la era Covid o, con mucha suerte, postcovid, nada tendrá que ver con lo conocido antes de este fatídico 2020.

A nadie se le escapa que el mundo que ya está a la vuelta de la esquina ha de ser, por fuerza, distinto al anterior.

Esta inmensa crisis sanitaria ha sacado a la luz todos y cada uno de los defectos que como sociedad hemos ido creando a lo largo de siglos, carencias que nos hacen vulnerables ante el inexorable mandato de la madre naturaleza, en forma de virus, desestabilización mental o de cambio climático, por resaltar sólo unos  pocos ejemplos.

En estudios realizados se ponen de relieve alguna de estas lacras, como que la esperanza de vida de los ciudadanos occidentales decreció a partir de la crisis del 2008.

El estrés de la clase trabajadora se hizo patente entonces ante las incertidumbres derivadas de una crisis económica.

Hoy esas carencias vuelven a primera línea del tablero ante el mayor desastre sanitario de nuestra generación.

Las grandes urbes se han revelado disruptivas ante el reto de esta enfermedad infecciosa y no sólo estas enormes concentraciones humanas que en realidad deshumanizan todo lo que tocan sino la gobernanza de las grandes corporaciones-estado que han convertido el paradigma de producción en algo realmente deshumanizador.

Nunca antes se consumieron tantos ansiolíticos y antidepresivos como en la pasada década.

La persona sufre separada de la naturaleza, sometida a horarios que son totalmente contrarios a su bienestar.

La dictadura de estas mastodónticas corporaciones ha llegado a destruir algo en lo que se basaban, hasta hace no tanto tiempo, los países del Sur de Europa, la familia extensa, la educación y el bienestar de los más pequeños o el cuidado dentro de su seno de los mayores.

Hoy se les encadena en Residencias, verdaderos aparcaderos que dada la actual coyuntura se convierten en mataderos por la infecciosidad del virus.

Estas corporaciones-estado nos quieren solos y divididos, su mantra pasa por formar muchos más núcleos  habitacionales con menos personas cada vez, una vez conseguido esto más dividendos producen,  los cuales vienen representados por el aumento de ventas de electrodomésticos, electricidad, comida basura, productos farmacéuticos o pisos diminutos en colmenas hacinadas.

En el modelo que ahora nos ocupa, los niños, en caso de que los hubiere, no en vano somos uno de los países con menor tasa de reproducción mundial, padecen falta de atención y sobre todo de sueño, se les levanta muy pronto en la mañana para ir al colegio, adecuando sus horarios al de los progenitores trabajadores y productores, sin los cuales dichas corporaciones-estado no tendrían las ingentes ganancias que las hace todopoderosas. Esta falta de sueño tendrá unas enormes consecuencias en la salud mental de nuestros niños, no solo en estos momentos sino en épocas posteriores de su vida adulta.

Ante la inexorable disruptividad que han mostrado los grandes núcleos urbanos se hace necesario un replanteamiento de nuestra forma de vida.

En muy pocos años la economía 4.0 estará llamando a nuestra puerta, sustituyendo el actual modelo de trabajo para millones de personas con la implantación de robots de alta tecnología que sustituirán el concepto actual.

En dicho contexto nuestros países tienen mucho que ofrecer si conseguimos tomar el camino correcto en las decisiones que hoy se revelan inevitables.

El valor que la península ibérica ofrece en cuanto a recursos naturales roza lo infinito. En un momento en el que se hace necesaria la vuelta a los valores tradicionales de familia y obtención de recursos, es innegable el valor que nuestra tierra puede ofrecer.

Al comienzo de una era postmoderna si conseguimos que nuestro territorio sea lo suficientemente atractivo para las empresas que han de volver con sus cuotas de mercado correspondientes, el futuro de las siguientes generaciones estará a salvo.

Hoy el mundo rural es visto con verdadera envidia por todos aquellos que viven en pisos o han de tomar autobuses o metros, todas las mañanas, para acudir a sus puestos de trabajo, jugándose al hacerlo su salud y la de sus familiares en una macabra ruleta rusa.

Repensemos Iberia, dotemos de tecnología 5G, infraestructuras y sanidad decente a nuestros pueblos, allí donde el vecino todavía tiene nombre, todos cuidan de todos y nadie resulta un desconocido.

Valoremos lo que nuestros países poseen en cuanto a recursos naturales. Reubiquemos y reimplantemos empresas de alta tecnología, invirtamos en I+D+I, en recursos humanos y sanitarios. Privilegiemos las zonas rurales en detrimento de las enormes aglomeraciones, fomentemos desde ellas el teletrabajo. Escapemos de la dictadura de la toma de decisiones sobre nuestras vidas mucho más al Norte de nuestro espacio vital y hagámoslo juntos, sólo así tendremos posibilidad de éxito ante una globalización que no nos favorece.

En definitiva, replanteémonos el futuro, con la unión de esfuerzos ibéricos, dotándonos, de nuevo, del modo de vida que nos caracteriza y que se ha revelado mucho más sano y humano que el que nos invade desde culturas que poco o nada tienen que ver con la nuestra.

Debemos hacer que cambie de una manera radical el presente en el que en muy poco tiempo  nos veremos inmersos.

Beatriz Recio Pérez