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Después de las manifestaciones protagonizadas por el sector de la restauración y de la cultura, y sobre las que voy a hablar de aquí en adelante, he decidido salir a la calle. Legalmente, no debería hacerlo, ya que pasaban de las 13 horas, pero como necesitaba comprar un producto decidí probar suerte. Una salida que me hizo experimentar sensaciones que no recordaba desde el comienzo de la pandemia.

El silencio en la calle impresiona, y hace reflexionar. Si un extraterrestre bajara a la Tierra y mirara nuestras calles vacías o leyera nuestras noticias, ¿qué pensaría? Antes se podía oír el canto de los pájaros en primavera, ahora ni eso. Un coche que pasaba por una carretera cercana y otro que cargaba mercancías. Todo lo que podía oír era esto, nada más. Fue una sensación diferente, como si estuviera bajo el agua y con tapones en los oídos.

Antes, cuando vivíamos en confinamiento, salía la calle huyendo de cualquier situación, pero no era la única. Todos creíamos que la pandemia terminaría en verano. Ahora que ya han anunciado la vacuna, pero que todavía no ha llegado, parece que todos están cumpliendo los dictados de António Costa; que, en una de las últimas comunicaciones al país, ha afirmado que muchos están tratando de eludir las reglas. Reglas, algunas de las cuales, no las entiendo, y desde el primer minuto he dicho que habría protestas populares, como en Roma o en Barcelona. Imágenes de una Europa que son el espejo y el epicentro de un mundo que camina «enmascarado» y anestesiado.

El dinamizador de las manifestaciones de la restauración ha sido un chef que tiene un programa de televisión y es conocido por sus tonterías, al estilo del británico Gordon Ramsey. Pero lo que importa son los actos, y en Oporto hemos tenido disturbios. En Lisboa, la situación se está complicando. Se ha demostrado, una vez más, que vivimos tiempos complicados; y que podemos hacer paralelismos con la historia.

Ahora ya no es necesario recurrir a los manuales de la escuela, porque todos los días ocurre algo nuevo. Biden gana las elecciones en los Estados Unidos; la enfermedad del legionario vuelve a Portugal, y la selección portuguesa se aleja de la Liga de Europa. Todo esto en tan sólo una semana, pero que parece un mes o un año. Los miembros de los reality shows dicen que el «tiempo en casa» se cuenta de una manera diferente al exterior, y cada vez tengo más el síndrome de antiguo competidor de Big Brother o Secret Story. ¿Alguna vez han perdido la noción del tiempo? ¡A mí me pasa desde hace casi una década!

Retrocedamos unos días y hablemos de las Azores, y de la asociación entre el PSD y CHEGA. CHEGA aún no ha llegado al gobierno, es verdad, pero está cada vez más cerca del poder. ¿Creen que algún día podremos ver a la extrema derecha a los «comandos» del país? Personalmente, y lo siento mucho, creo que la tendencia es el crecimiento, y la crisis actual sólo ha dado una base más amplia; algo que en otro momento no tendrían. Como dice el pueblo, la «oportunidad hace al ladrón».

Todo está impulsado por una internet que difunde noticias falsas y da voz a grupos de la conspiración. Si hubiera sabido que para difundir noticias sólo se necesitaba una conexión a internet y un teléfono móvil, habría ahorrado mucho dinero y muchas horas de estudio. Me gustaría ver los diplomas de aquellos que forman parte de los «Médicos por la verdad»; «Periodistas por la verdad», o «Psicólogos por la verdad» (no sé si estos últimos existen, pero aquí quedan como libertad creativa). Por desgracia, la palabra «verdad» se utiliza cada vez más a la ligera.

No voy a hacer grandes consideraciones, no vaya también a ser procesada, algo que el líder de CHEGA ya ha dicho que iba a hacer al primer ministro. Sólo espero que todos aquellos que sean votantes en territorio portugués (los que no sean portugueses pueden, al menos, ver que cada uno tiene el Trump y el Bolsonaro que se merece), no se olviden que no todas las experiencias políticas fascistas tomaron el poder por asalto.

Algunas fuerzas políticas fueron invitadas al poder y, como un pulpo, extendieron sus tentáculos por la nación. En Portugal, António de Oliveira Salazar fue invitado en dos ocasiones a ser ministro de Finanzas. Esto en la década delos 20. Pocos años después, en 1930, el partido nazi obtenía 107 escaños en el Reichstag. El resto fue historia, como todos sabemos.

Pero volvamos a lo que ha sucedido en la plaza de Rossio que, contrariamente a lo que dice el título de este artículo de opinión, no estaba tan tranquila. Y reitero mi pleno apoyo a todos aquellos que están perdiendo sus ingresos a causa de la crisis económica provocada por la pandemia de la covid-10. Recuerdo que hace varios meses me sentí conmovida cuando, en alguna calle de Río de Janeiro, un vendedor ambulante afirmó que, incluso con la posibilidad de coger la enfermedad, necesitaba trabajar para no morir de hambre.

En la primera fila de este apoyo social tenemos a las asociaciones y a las Juntas de Parroquia, como la de Belém, que ha anunciado que este año no habría luces de Navidad, y que iban a usar el dinero para distribuir cestas a familias necesitadas; o la de San Nicolás, que reparte regularmente donaciones de alimentos de los supermercados a la población de bajos ingresos. Al recibir el RSI (la prestación social portuguesa), se debe elegir entre pagar las cuentas o comprar un filete de mejor calidad.

Cada vez estamos más en una situación en la que, si no morimos de la enfermedad, morimos de hambre. Y todos sabemos lo que pasa cuando tenemos hambre, que acabamos perdiendo la razón, y es lo que ha pasado con los insultos a los periodistas presentes y un «casi» intento de agresión.

Aquí debo, una vez más, defender a mi «dama», y declarar que quien ataca al periodismo o a los periodistas está defendiendo uno de los poderes (más específicamente el cuarto) de un Estado democrático. Quizás no estén de acuerdo con algo que leen o escuchan, pero cualquier forma de ataque desacredita a la otra parte. Esgrimir argumentos es la mejor, y la única forma, de llegar a un acuerdo. Algo que cada vez existe menos.