¿Un exilio brasileño para Donald Trump?

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El 20 de enero Donald Trump pierde la inmunidad. A partir de esa fecha, el expresidente va a sentir el peso de la ley sobre su cabeza. No saldrá impune. Será aplastado. Van a ir a por él ya sea por delitos fiscales, como ocurrió con Al Capone, o por sedición, a consecuencia tanto de la campaña de descrédito del sistema electoral, como de las cinco muertes asociadas a la no menos grave interrupción de la confirmación de la elección de Biden en el Congreso.

Trump ya ha anunciado que no asistirá a la toma de posesión del candidato demócrata. Es posible incluso que en ese instante no esté en territorio estadounidense. Aunque pueda interpretarse como un desdén a Biden, probablemente esté teniendo pesadillas ante la posibilidad de que agentes del FBI llamen a su puerta en el ático de la Trump Tower de Nueva York o en la mansión Mar-a-Lago de Florida.

Una de las opciones es poner rumbo a Escocia, a su complejo de golf Turnberry, pero la ministra principal, Nicola Sturgeon, ya ha negado esa posibilidad por las normas del confinamiento. Si hacemos un ejercicio de imaginación podemos imaginarnos a Brasil como un destino temporal para salvarse el pellejo. El actual Gobierno brasileño es el único en el mundo que mantiene lealtad con Trump, defiende que hubo fraude en las elecciones norteamericanas y ha abierto una cruzada ideológica, desde el ministerio de Exteriores, dirigido por el rechoncho y lunático Ernesto Araújo, contra los llamados monopolios de las redes sociales que han vetado a Trump. Los bolsonaristas, muy activos en redes sociales, se han cambiado la foto de perfil por una de Donald, en solidaridad con su referente, al que siempre se han subordinado con moral de esclavo.

En la última reunión de ministros de Exteriores de la Comunidad Iberoamericana, Ernesto Araújo, protestó de forma insolente por la presencia de la delegación venezolana del Gobierno Maduro, al que considera dictatorial. Una actitud que no repitió, pocos días después, cuando se reunió con sus colegas de la Comunidad de Países de Lengua Portuguesa, donde hay países que no respetan los Derechos Humanos. «Derechos Humanos» que siempre Bolsonaro combatió para dar un cheque en blanco a policías y paramilitares en las favelas. Actualmente el Gobierno brasileño instrumentaliza los «Derechos Humanos» para desacreditar a Twitter y Facebook, las herramientas básicas de su maquinaria de propaganda, que hicieron posible su llegada al poder y hacen posible su estrategia de agitprop desde la Presidencia. Por otro lado, Facebook y Twitter no operan igual en terceros países que en el suyo propio, por eso será difícil ver cancelada la cuenta de Bolsonaro.

Las convulsiones de la política norteamericana tienen reflejo en Brasil. Por eso la idea del impeachment express, a Trump, puede animar a la derecha liberal brasileña, a sumarse a la izquierda, para aceptar algún «pedido de impeachment» del medio centenar que tiene en el cajón la Presidencia del Parlamento. No obstante, Bolsonaro, que tiene todavía dos años de mandato por delante, en la hipótesis menos favorable, aguantará buena parte del año 2021.

Brasil, a pesar de vivir en un periodo excepcional de choque entre poderes y desgobierno, el Tribunal Supremo está sobreponiéndose al golpismo de Bolsonaro y a la etapa desestabilizadora de los fiscales de la Lava Jato, hoy marginados. Sérgio Moro está de camino a Estados Unidos para trabajar en una empresa que gestiona bancarrotas empresariales, entre ellas, la de la constructora Odebrecht, a la que Moro ayudó a entrar en suspensión de pagos. En febrero el Tribunal Supremo juzgará la parcialidad de Sérgio Moro. Es probable que sea la definitiva caída en desgracia de Moro y suponga una puerta abierta para que Lula recupere sus derechos políticos y pueda presentarse a las elecciones de 2022. Las Fuerzas Armadas que participan como cuadros del Ejecutivo tienen cada vez más división. Entre los diplomáticos, salvo los oportunistas que hacen la pelota, hay prácticamente unanimidad contra Bolsonaro, pero están atados de pies y manos.

Por todo ello, Bolsonaro no tiene suficiente poder como para dar protección a Trump, salvo que fuera una colaboración de inteligencia para esconderlo y darle una nueva identidad. Para ello, Donald tendría que ocultarse en las zonas donde muchos nazis se escondieron, con relativa facilidad, tras la Segunda Guerra Mundial. Son aquellas zonas habitadas por descendientes de alemanes en el sur de Brasil y en la frontera con Paraguay. El caso de Josef Mengele fue uno de los más escandalosos; un genocida que circuló entre Argentina, Paraguay y Brasil hasta su muerte en 1979.

Por su adicción a la fama y su pretensión de organizar un partido neofascista en Estados Unidos, parece difícil pensar en un Donald Trump camuflado: calvo, con gafas, pelo negro, larga barba, regentando una tienda de tablas de surf, haciéndose pasar por un hippie gringo old school Woodstock en la parte sur del Brasil tropical. Otra opción sería instalarse en una hacienda rural fuertemente protegida, en una versión yanqui y con menos gracia, de la residencia de Pablo Escobar. Estaremos atentos al desenlace vertiginoso del millonario naranja convertido en víctima y salvador para una ultraderecha sintonizada en la disonancia cognitiva, en una carrera desenfrenada para no parecer un loser (un perdedor) ante los suyos. Todo apunta que su gemelo brasileño, convertido en paria internacional, tendrá un desenlace más dramático, más italiano, al mismo nivel de su crueldad.

Pablo González Velasco

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