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Durante el calentamiento, antes de comenzar el partido, mientras los jugadores del Oporto hacían ejercicios en el césped del D. Afonso Henriques (en Guimarães), se escucharon insultos racistas dirigidos al jugador maliense Marega. La situación empeoró durante el partido, en el minuto 71, cuando el delantero marcó el gol que dio la victoria (2-1) a los dragones, que están a solo un punto del primer clasificado, el Benfica. Después del gol, aumentaron los insultos al delantero y parte del público lanzó sillas al campo. El jugador agarró una de estas sillas y terminó saliendo del terreno de juego después de recibir una tarjeta amarilla.

Este caso, que no es único en el ‘deporte rey’ (el defensor brasileño Dani Alves lo padeció cuando todavía era jugador del Barcelona), es portada de numerosos periódicos deportivos de todo el mundo y reaviva, en Portugal, la discusión sobre el racismo y la violencia en los estadios. Hace un mes, el Gobierno comenzó a prohibir la entrada de varios hooligans, muchos de ellos vinculados a conocidos grupos ultra. De los aproximadamente 100 casos, la mitad se debe a actitudes racistas.

La policía portuguesa está revisando las cámaras de videovigilancia para encontrar a los culpables. La polémica está abierta y los políticos han condenado la actitud de parte del público. Desde el presidente de la República hasta el primer ministro, sin olvidar los líderes de los principales partidos políticos (como el Bloco de Esquerda, el Partido Comunista o Iniciativa Liberal), todos defendieron el fin del racismo, en todas sus formas, argumentando que no tiene espacio ni lugar en una sociedad avanzada del siglo XXI. Solo André Ventura, diputado de CHEGA, dijo que no se trataba de un caso de discriminación.