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La cuarentena impuesta desde que la OMS declaró el Covid-19 como pandemia (la primera del siglo XXI) ha hecho que los hábitos de los portugueses hayan cambiado, y que las salidas de casa se «redujesen» a lo esencial, como es el caso de las visitas a los supermercados y a la farmacia. Con una población bastante envejecida, más vulnerable a esta enfermedad, las corrientes de solidaridad entre vecinos comienzan a adquirir una importancia nunca vista antes, y que nos transporta a décadas pasadas, donde las conversaciones se tenían por los balcones, y en donde todos conocían los nombres de los demás.

Tan pronto como el Gobierno decretó el estado de alerta, las puertas de las casas de los ancianos se llenaron de post-its con pequeños mensajes, donde personas más jóvenes de los alrededores, algunas que apenas los conocían, piden que no salgan de casa, y se ofrecen a hacerles las compras.

Lo mismo ocurrió en un edificio del barrio lisboeta de Alvalade, donde los vecinos crearon un grupo y se turnan en las salidas de los edificios. Cada uno de los residentes del edificio sale, debidamente protegido, para hacer las compras que los vecinos necesitan, o van a las farmacias si a alguien le faltan medicamentos.

Esta medida está siendo adoptada por varias comunidades, que así consiguen disminuir las veces que salen de casa. Cada vez que alguien tiene que salir, eligen las típicas tiendas de barrio que, al contrario de los grandes supermercados e hipermercados, no tienen tanta afluencia y, como tal, la posibilidad de contagio disminuye. Más allá de eso, así se apoya a los pequeños comercios, que están luchando para no cerrar sus puertas.