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¡Ah del Iberismo! Como nadie respondía, el río de la vida engendró los dos primeros partidos políticos ibéricos.

Han pasado ya casi diez años desde que, en Puertollano (Ciudad Real, España), comenzaron a reunirse casi periódicamente iberistas de distintos lugares de España y Portugal. En el quinto encuentro, decidieron constituirse como partidos políticos legalizados para aplicar en Hispania o Iberia una teoría y una acción política conjunta basada en la creencia de que unidos repararíamos un error histórico de siglos y seríamos más fuertes.

En Portugal, al exigirse más firmas y el DNI presencial, adoptaron la fórmula de Movimento Partido Ibérico (PI); en España, con más facilidades, se creó el Partido Ibérico (Íber).

Habíamos llamado y buscado el Iberismo en la historia, en el arte, en la literatura, en las redes, pero las respuestas eran utópicas o ambiguas, con poca sustancia transformadora, muy diferenciadas en lo ideológico y poco realistas.

Siguiendo a Quevedo, exclamábamos, ¡ah del Iberismo! ¿Nadie me responde? Y decidimos que había que echarle coraje, asumir críticas de muchos excompañeros ideológicos, la típica burla del jamón ibérico, la presión de los que pedían que nos definiéramos precipitadamente en las cuestiones más delicadas y menos urgentes, y aquí seguimos. Nada de bandazos, timón firme, rumbo seguro. Claro que ha habido zancadillas y traiciones. Pero cómo no íbamos a poder sortearlas si en la vida y en la política hemos sorteado temporales peores.

La principal preocupación era que toda Iberia estaba sufriendo las consecuencias de una crisis económica terrible, paliada solo en parte por las ayudas del Banco Central Europeo, a cambio de sacrificios cada vez más humillantes para empresarios y trabajadores.

Con un campo ibérico desnortado buscando la cantidad más que la calidad alimenticia, a base de exigencias cada vez mayores hasta el agotamiento; una banca arruinada por la incompetencia de políticos y sindicalistas tomando decisiones inapropiadas en los consejos de administración; la pesca extinguida; la industria, deslocalizada; solo el turismo ha mantenido a flote ambos países hasta la pandemia.

Hoy se culpa al virus de un mal igual o mayor, habrá que esperar. En los dos partidos ibéricos nos preguntamos: ¿Cómo es posible que países democráticos, modernos y desarrollados como son España y Portugal se arruinen con solo tres meses de inactividad? ¿Cómo es posible que no tengamos reservas ni para tres meses?

Dejemos al lado la gestión de la crisis. Ni había razones sobradas para criticar a la derecha en crisis precedentes, ejemplo el Prestige, nosotros pedimos el confinamiento del barco en una ría, con tanto ensañamiento, ni hay razones, y si las hay habrá que razonarlas, para convertir el parlamento en lugar de descalificaciones contra el gobierno actual de una manera tan poco civilizada.

Todos los gobiernos del mundo han sido gobiernos peleles de una naturaleza desatada, todos han sido superados por las circunstancias. Todos dejarán una memoria histórica de miles de enfermos solos en sus domicilios sin atención directa y con secuelas, miles de sanitarios contagiados; miles de muertos y de ataúdes apiñados y confundidos y millones de ciudadanos abandonados en sus tratamientos periódicos y con el miedo en el cuerpo para siempre.

Ahora surge un futuro lleno de interrogantes, no solo sanitarios, que ya es grave, sino de cuestiones sociales, políticas y económicas provocadas por la mayor inestabilidad internacional después de la II Guerra Mundial. Será un sálvese cada uno como pueda, y España y Portugal, que aún no han superado la crisis anterior, sufrirán un retraso mayor, sobre todo, si falla el turismo.

Si en el pasado el fortalecimiento interno de España, su cohesión territorial, era una necesidad básica, que la democracia no supo resolver, hoy ya no es suficiente con esa mayor respuesta unitaria de los territorios españoles ante la crisis, sino que solo la unión de toda Iberia podría paliar en parte, y digo solo en parte, esa gran amenaza y hacernos algo más autosuficientes.

Esa es nuestra tarea mientras que el resto de partidos políticos peninsulares miran hacia otra parte. Ignorando que ya existe un sentimiento de unidad en la Península importante. Todos se niegan a contemplar en sus Programas la Unidad Ibérica como objetivo.

Nosotros sí seguiremos luchando por conseguir el sueño de Iberia para que no sea solo un sueño. Ahora, aprendiendo en la gestión municipal, que es la más cercana a los ciudadanos.

Cervantes dijo que era preferible el camino a la posada. Grupos iberistas descansando sus teorías en la posada hay muchos, cosa que es de respetar; pero nosotros preferimos el camino, no solo transitarlo, sino contribuir a su empedrado. Preferimos ser empedradores a posaderos. Buscamos una utopía con hechos y con final eficiente.

 

D. Casimiro Sánchez Calderón es presidente de honor del Partido Ibérico Íber y concejal-portavoz del Grupo Municipal Íber en el Excmo. Ayuntamiento de Puertollano