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Erasmo de Rotterdam fue un humanista, filósofo y teólogo holandés que vivió en los albores de la Edad Moderna, a caballo entre el siglo XV y el XVI. Erasmo de Rotterdam, pronto llamado Erasmus, criticó la educación de la época, esas escuelas y universidades que practicaban un autoritarismo contrario al libre pensamiento. Criticó las prácticas de la jerarquía de la Iglesia Católica, propuso el diálogo directo de los creyentes con las escrituras y la necesidad de traducir la Biblia, desde el latín a las lenguas vivas.

Viajó por Europa: Italia, Inglaterra, Suiza. Fue contrario a las guerras. En la península ibérica sus obras tuvieron gran influencia. Partidario de reformar la Iglesia, sin embargo, no participó de la Reforma Luterana, pues no comulgaba con la idea de cambiar la doctrina sino de cambiar el mal gobierno de la Iglesia. No tomó partido en la Reforma Luterana, ni en la Contrarreforma Católica, y por eso fue acusado de cobarde.

El resumen de su legado es el de una persona de gran talento, independiente, libre pensador, crítico con el poder, un gran divulgador de ideas, y viajero por Europa.

En 1987, la entonces Comunidad Europea, estrena el programa educativo de mayor éxito de su historia, el Programa Erasmus, que facilita la estancia académica de estudiantes en otros países de la Unión Europea. La elección del nombre no pudo ser más apropiada. Erasmus encarnó la libertad de pensamiento y la divulgación del conocimiento, valores educativos por excelencia.

El “Erasmus” se concibe en un principio para la Educación Superior, aunque a día de hoy se extiende a la Educación Escolar, a la de Personas Adultas y a las enseñanzas de Formación Profesional de Grado Medio. Son ya 32 años de funcionamiento en los que se han realizado 5 millones de movilidades, de alumnos, profesores, y otros colectivos, entre los países europeos.

Esas cinco millones de movilidades han acercado a los europeos más que cualquier otra circunstancia. Los jóvenes, y otros no tan jóvenes, han podido vivir en otros países, conocerse, intercambiar conocimiento, vivir culturas diferentes, mejorar con los idiomas. Esto ha permitido romper estereotipos, mezclarse, tocarse… construir una identidad, hacer Europa.

Personalmente no tuve la ocasión de ir de Erasmus cuando fui alumno, pero la vida me dio otra oportunidad en el año 2012, cuando fui el encargado de implantar el Programa en el Instituto Giner de los Ríos de Alcobendas, cerca de Madrid. Tuve que encontrar entidades para que mis alumnos de diversas especialidades de Formación Profesional Superior realizasen periodos de prácticas en el extranjero. Visitamos varios países, Portugal, Alemania, Italia, Reino Unido… Como coordinador del programa visité estos países, y me imbuí del “espíritu Erasmus”.

Puedo decir desde mi experiencia de siete años en el Programa que el “espíritu del Erasmus” es lo más parecido a un patriotismo europeo que tenemos.

El Programa supone un éxito de suficiente relevancia cuantitativa y cualitativa, como para poder decir que hay varias generaciones de europeos, que verdaderamente sienten el europeísmo como algo vivido en primera persona.

En relación a lo que ha significado este programa para las relaciones entre las poblaciones de España y Portugal, solo me cabe decir cosas buenas. Cuando he llevado alumnos a Portugal, prácticamente todos los alumnos han sentido una especial sintonía; idioma, cultura, relaciones sociales, todo es próximo, familiar, nos sentimos como en casa, la casa europea, pero también ibérica.

Se dice que, cuando España y Portugal entraron en la Unión Europea, Mario Soares proclamó: “el iberismo ha muerto”, en la idea de que ya no sería necesario. Pienso justo al contrario: la Unión Europea rescató al iberismo, e hizo realidad una parte del sueño de Iberia. Los mecanismos de la UE tienen en la península una facilidad especial para su desarrollo y aportan la plusvalía de la hermandad hispano-lusa.

El programa Erasmus ha ayudado mucho…pero existen otros mecanismos comunitarios de los que hablaremos desde EL TRAPEZIO: eurorregiones, eurociudades, planes de infraestructuras, armonización de normativas, que construyen Europa. Y también construyen Iberia.

Pablo Castro Abad es editor-adjunto de EL TRAPEZIO