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Si tuviéramos que otorgar el premio a la ciudad más portuguesa fuera de Portugal, ¿cuál escogeríamos?

Algunos propondrían a Ceuta porque fue el único territorio portugués que, tras la restauración de la independencia portuguesa, quedó en manos de los españoles por voluntad propia. Sus fortificaciones, su bandera lisboeta y su escudo portugués atestiguan la presencia fundacional lusa. Otros señalarían a la ciudad brasileña São Luís do Maranhão cuyos sobrados, becos y ruas nos teletransportan a la Lisboa pombalina de después del terremoto.

Sin embargo, si excluimos las ciudades que fueron parte del imperio portugués, ¿cuál sería la ciudad más portuguesa? Indudablemente sería Sevilla. La fuerte presencia lusa en Sevilla, como puerto de indias, se explica porque sostuvo varios monopolios portugueses en la capital hispalense. Existe, hoy en día, hasta una ruta turística por la Sevilla lusa. Lisboa y Sevilla comparten la tradición barroca de España y Portugal basada en una interpenetración de culturas en la Península y en Iberoamérica.

La relación también se invierte: Sintra y Coimbra tienen un toque sevillano. Pocos saben que el azulejo portugués tiene un origen sevillano y andalusí. Es mundialmente conocido y reconocido el arte del azulejo portugués como marca nacional portuguesa y de todos los territorios lusotropicales en el mundo. Un arte admirable que embellece palacios, estaciones de tren, edificios públicos, quintas, fábricas, mercados e iglesias con toda clase de representaciones sociales campesinas, paisajísticas, bíblicas o de tipo épico-nacional. La llegada del azulejo a la península, palabra de origen árabe, provino ese corredor de influencias orientales que generó Al-Ándalus (Iberia andalusí).

En 1498, en una visita a Castilla, el monarca portugués Don Manuel I quedó maravillado con los azulejos de estilo mudéjar. Probablemente los vería en el claustro mudéjar del Real Monasterio de Santa María de Guadalupe en la provincia de Cáceres, aunque también tuvo oportunidad de visitar Toledo y Zaragoza. Castilla y Aragón habían heredado estas técnicas andalusíes de trabajo con la cerámica y tenían centros de producción en Sevilla, Manises y Talavera, entre otros.

Don Manuel I estaba casado con Isabel de Aragón, hija de los Reyes Católicos. Durante aquel viaje nació su hijo, Miguel de la Paz (1498- 1500​), que fue príncipe de Asturias de 1499 a 1500 y príncipe heredero de Portugal de 1498 a 1500. Vino al mundo con ese nombre para sellar la paz entre las tres coronas peninsulares, para hacer posible la unificación ibérica, pero su madre murió durante el parto y Miguel no resistió a unas fiebres a los dos años de edad. El sueño ibérico quedaría postergado.

Aquel viaje de Don Manuel cambió la história artística de Portugal y su imagen ante el mundo. El rey portugués encargó más de cien mil azulejos sevillanos para incorporar este arte morisco al Palacio Nacional de Sintra. En las siguientes décadas se realizarán nuevos pedidos desde Coimbra y otros puntos de Portugal. Los azulejos sevillanos eran más coloridos que los que conocemos como los de marca lusa, en varias tonalidades de azul. Sin embargo, no será el color lo que más sorprenda a Don Manuel I, sino el dibujo sobre la cerámica. Ya no se tratan de meras cenefas, sino de verdaderas composiciones que convergían con las representaciones pictóricas.

Según el historiador Alfonso Pleguezuelo, que participó del congreso sobre la Sevilla Lusa en 2017: “Niculoso Francisco Pisano, activo en Sevilla, al menos, entre 1503 y 1526, fue un famoso ceramista que trajo de Italia a España una nueva técnica de pintar cerámica y un nuevo repertorio ornamental renacentista. El nuevo procedimiento permitía a los artistas pintar sobre cerámica de forma muy similar a la que usaban sobre madera o sobre el muro. Muchos de estos productos fueron enviados desde Sevilla a Portugal durante las tres primeras décadas del siglo XVI”. A partir de 1560 comenzaría la producción nacional portuguesa de azulejos, tradición que llega hasta nuestros días.

En el pasado siglo, la presencia del mundo luso se dejó sentir en Sevilla durante la Exposición Iberoamericana de 1929. El pabellón de Portugal es hoy su consulado. El exótico pabellón de Macao, que tenía una pagoda china y un pórtico similar al templo Ma Kok Miu, no resistió al tiempo. El pabellón de Brasil, con expresiones del barroco lusobrasileiro, quedó en el recuerdo por el sabor del café que ofrecían a los visitantes. Hoy el edificio forma parte de la Universidad.

Sevilla es, pues, además de portuguesa, una ciudad que representa muy bien a todas las iberias históricas y transcontinentales. Es, a la postre, la primera ciudad de la historia en embarcar y desembarcar la primera vuelta al mundo.

Pablo González Velasco es coordinador general de EL TRAPEZIO y doctorando en antropologia iberoamericana por la Universidad de Salamanca