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Desencanto, desesperación, desapego, desilusión, desconfianza, desatino, desdicha, descontento, descarrilado. Todas y cada una de estas palabras describen el sentir del pueblo en estos difíciles momentos.

Un pueblo sufriente, desorientado, desamparado ante unas instituciones que no son capaces de dar una respuesta coherente ante el mayor desafío de nuestra generación.

Un país desafortunado, con una clase dirigente a la deriva, preocupados tan solo de lo que acontece en el puente de mando, incapaces de tomar el timón y marcar el rumbo correcto a una tripulación exhausta, cansada de oír día tras día frases vacías de contenido, vacías de la verdad.

Normas arbitrarias que llevan a la ruina, a la enfermedad y a la muerte, a miles, millones de personas que ven como sus negocios y sus vidas se hunden en medio de un tsunami de incalculables proporciones.

Diecinueve Reinos de Taifas, cada uno con un propósito más alejado del pueblo al que dicen representar.

Variabilidad en los datos, los cuales se vuelven oscuros o simplemente inexistentes en un momento crucial para nuestro país, justo cuando deberían ser transparentes, diáfanos, cristalinos.

Si a estos le aplicamos la Ley de Benford, aquella que postula que no todas las primeras cifras de un número, cualquier número, tienen la misma probabilidad de estar representadas, en seguida nos daremos cuenta de que los datos oficiales no cuadran. Tampoco lo hacen con las que dan las funerarias, los médicos, los sociólogos o cuantos aquellos que se dedican a su interpretación. Eso, precisamente, es lo malo de los datos, que son cabezotas, contumaces.

En medio de tanta enfermedad, de tanta muerte, asistimos impasibles a los discursos de políticos que lo único que buscan es el voto, un voto manchado de sangre, de lágrimas, de un dolor que guarda silencio, que se esconde tras cristales de UCIS colapsadas, de batas verdes, de mascarillas y de gafas anónimas.

Este pasado domingo se celebraron los comicios en Cataluña. No sé quién ha ganado y, si les soy sincera, tampoco me importa.

De dichas elecciones sólo una imagen, la de los miembros de las mesas vestidos con EPIS, los mismos que faltan en los Hospitales, en las ambulancias, a los familiares, las limpiadoras y tantos otros colectivos que se dejan la piel tratando de paliar tanto sufrimiento.

Sus portadores aterrorizados ante la llegada de personas contagiadas que no pueden salir a comprar el pan pero sí se les permitió votar, coger el metro o el tren o el autobús o un simple taxi para meter una triste papeleta en una maldita urna.

Me consta que en algunos colegios electorales tuvieron que llegar hasta el quinto suplente. Los demás encontraron el resquicio para no exponerse, para cuidar de sus familias, de ellos mismos, de todos nosotros. Otros no tuvieron tanta suerte.

Cataluña con 2359 ingresados en planta, 632 UCIS ocupadas y 38 muertes en las últimas horas, cifras que cuando llegue a ustedes este articulo habrán cambiado, celebra el ritual de la Democracia.

Pabellones, mercados, estadios de fútbol, en aras del acto más sagrado, el del voto. No el de salvar vidas, el de proteger a un pueblo inane sino el que sienta a los que dicen ser nuestros representantes en sus sillones.

Una abstención de casi un 50%. No importa.

¿Qué les conmueve a aquellos que nos gobiernan? Y, no me refiero sólo a Cataluña, ocurriría lo mismo en cualquier otra parte de España.

Votar es un acto sagrado, nada de lo demás lo es. Ni la soledad de los abuelos en las Residencias, ni la muerte a solas en cualquier Hospital o en el propio domicilio, ni los llantos de los que se quedan, ni el miedo de los que se van. Nada es tan sacro como esas papeletas inscritas con nombres supeditados a una disciplina de partido.

Cierto es que parece que el número de reproducción del virus está bajando, falsa ilusión. Avisan ya de que la variante sudafricana, la que más mortalidad acarrea ya está en la península, junto a la inglesa y la brasileña. Nadie nos asegura que las vacunas, escasas y con poca implantación, salven lo poco que queda de este barco que se hunde.

Anuncian que llegará un cuarta ola, eufemismo sin escrúpulos, puesto que nunca, en todo este tiempo hemos llegado a 0 contagios.

Montaña rusa de aperturas y cierres, de contagios y fallecidos, de dolor y cansancio. Mientras, los que deberían protegernos se dedican a asegurarse otros tantos años más de politiquerías, puesto que esto y no otra cosa es lo que hacen, cuando no se mira por el pueblo,

Necesitamos personas con altura de miras, no cortoplacistas. Gubernativos preparados que estén dispuestos a luchar por este pueblo humilde y desencantado. Técnicos, científicos, analistas que cojan el timón y nos dirijan hacia aguas más tranquilas, con buenas decisiones y medidas eficaces.

En esta tierra nuestra, últimamente, demasiadas palabras comienzan con el prefijo  ‘des’.

Beatriz Recio Pérez