Español Portugués, Portugal

«Dice la leyenda que el nombre de un río

fluye en el tiempo, en la vida y en el espacio

y en los tres siempre deja algún rastro

incluso cuando ya es lecho vacío»

Oswaldo Comitre

Todos somos un poco raros. Que tire la primera piedra quien no tiene un comportamiento exótico, o incluso algún tipo de trastorno obsesivo-compulsivo. Yo, por lo menos, lo tengo. Mi hábito «no convencional» es leer. Leer todo. Y en esa voracidad de quien lee hasta los papeles dejados sobre los bancos de las plazas, me gusta comprobar las matrículas de los coches que pasan por las calles, o que se encuentran estacionados a lo largo del camino.

La razón es simple. Las matrículas de los vehículos, aquí en Brasil, informan el Estado y el municipio de origen del automóvil. Y cuando el coche ha venido de lejos, me pregunto qué habrá traído a su conductor a estos páramos lejanos.

La semana pasada, cuando fui a casa de mi hermana a rescatar uno de los libros que había dejado allí por descuido, la encontré en una tempestuosa negociación con el conductor de un vehículo que bloqueaba el acceso de su garaje. Una vez más, di un vistazo a la matrícula. Municipio de origen: «Mar de Espanha», Minas Gerais.

Contrariamente a lo que podría imaginar el lector, el origen del vehículo no me causó asombro. Ya había oído hablar de ese pueblo, el cual ha inspirado dos canciones homónimas: un vals-bolero de Bonfliglio de Oliveira, y otra perla de la música popular brasileña, compuesta por Lucinha Lins.

Mientras el mineiro, muy a regañadientes, buscaba otra plaza para su coche escarabajo, pensé que esa feliz casualidad podría ser la inspiración para mi próximo artículo. Y aquí estamos, querido lector.

La hispanonimia o toponimia de origen hispano es bastante común aquí, en Brasil. En calles; plazas; barrios, y otros centros de actividad más pequeños, no es difícil encontrar alguna referencia a España o a sus regiones.

Si fuera a escribir sobre todos los bulevares; distritos municipales; avenidas, o desarrollos urbanísticos en territorio brasileño que homenajean a España o a sus puntos turísticos, no me bastarían todos los libros del mundo para enumerarlos. Por eso, he decidido ser más específico y viajar (en las alas de la imaginación) por los municipios cuyos nombres puedan traer un topónimo o patronímico de origen indudablemente español.

Empecemos por aquellos municipios cuyo nombre se refiera a Cataluña; a su pueblo, y a sus ciudades. «Catalão» (Catalán) es el primero de ellos, una simpática localidad habitada por poco más de 100.000 almas, y que una vez fue el mayor polo automovilístico del Estado de Goiás.

Aunque el nombre pueda sugerir la existencia de alguna minoría lingüista (catalanohablante), la población de Catalão es prácticamente monolingüe. Incluso las lenguas indígenas (que antes eran predominantes) han dejado de ser habladas hace mucho tiempo. Lo que la historia nos trae como registro es que un sacerdote católico, de nombre Antonio y natural de Cataluña, habría fundado el pueblo con la ayuda de otros dos clérigos. La referencia histórica más antigua sobre la ocupación del actual territorio catalano viene del año 1728, y puede encontrarse en la obra «Historia de Goiás en Documentos», de autoría del filósofo e historiador hispano-brasileño Luis Palacín Rodríguez.

Además de Catalão, la otra ciudad brasileña que homenajea a Cataluña es Barcelona, a dos horas de Natal, la capital potiguar; donde, en otros tiempos, el actor malagueño Antonio Banderas poseía un club de golf.

Barcelona (la brasileña, no la española) se llamaba, anteriormente, Salgado, a causa del suelo impregnado de sal. En 1929, el alcalde de Santo Tomé, municipio del que formaba parte Barcelona, cambió el nombre del pueblo; de Salgado a Barcelona. El nombre de Barcelona es reminiscencia de un seringal (área con muchos árboles de caucho) ubicado en el Estado de Acre (que hasta 1903 pertenecía a Bolivia); territorio donde el entonces alcalde había trabajado.

Nuestro tercer destino ha tenido otros dos nombres antes de recibir el topónimo actual. En sus inicios conocida como Pitangueira y Vila Bela, en Nova Granada, en el extremo norte del Estado de São Paulo, debe su nombre hodierno a una feliz coincidencia (o a la presión de los residentes, dependiendo del punto de vista).

Parte de los fundadores eran granjeros de la región de Estação Granada, hoy Rosário, cerca de la ciudad de Bebedouro. Luego llegaron inmigrantes de diferentes regiones de España, que sabiamente hicieron coro al grupo de brasileños que ya orquestaba el cambio al nombre actual. «Viene bien este nuevo nombre», debieron haber pensado los españoles. «Agrada a los brasileños recién llegados, oriundos de Estação Granada, y nos suena familiar porque de alguna manera es un homenaje a una ciudad española».

Un poco más al oeste, en el pantanal matogrossense, encontraremos a la «Princesita del Paraguay» (del río Paraguay, y no de la república del mismo nombre); apodo de la ciudad de Cáceres. Aunque es un municipio limítrofe, no posee una población hispanófona significativa, aunque albergue un consulado boliviano. Lo más probable es que su nombre sea fruto de una elección religiosa (un gobernador quiso homenajear a San Luis de Cáceres).

De una forma u otra, Cáceres se hizo famosa internacionalmente por haber recibido la visita del expresidente americano Theodore Roosevelt, en 1914, que participaba en una expedición por el oeste de Brasil.

Nuestra penúltima parada es la pequeña y apacible Mato Castelhano, cuyo misterioso título haría saltar al señor Américo Castro de su tumba: Mato Castelhano es conocida localmente como la «Terra dos Mouros» («Tierra de los Moros»).

El hecho es que Mato Castelhano, sin castellanos o moros, pero todavía salpicada de matorrales (vegetación rastrera), surgió como municipio autónomo en 1992, fruto de la desmembración de Passo Fundo y Lagoa Vermelha. La población, casi toda descendiente de italianos y alemanes, parece no hacer justicia al nombre (ni al título) del pueblo, lo que nos lleva a creer que la proximidad con la región de Sete Povos, zona que antiguamente se disputaba entre portugueses y españoles, sea la única razón para la referencia a la Castilla europea.

He dejado para al final a la primera ciudad mencionada en el artículo, no sólo porque los primeros deben ser los últimos, sino porque también es un caso digno de una pintura de Salvador Dalí; y, por lo tanto, merece figurar en nuestra charla como la guinda del pastel.

Mar de Espanha, a tres horas de Cantagalo Fluminense, tierra de Américo Castro, no es una ciudad costera. Minas Gerais, el Estado al que pertenece Mar de Espanha no tiene acceso al océano Atlántico. De hecho, el punto marítimo más cercano (la playa de Piedade, en Magé) dista, al menos, a 155 kilómetros del Ayuntamiento marhispanense.

Como si esto por sí solo ya no fuera una paradoja, Mar de Espanha nunca ha sido un destino tradicional de la inmigración española en Minas Gerais. Los once mil habitantes del pueblo son casi todos descendientes de africanos, indios e italianos.

Con todo, decidí investigar más a fondo, con la ayuda de mi compañera eventual, la «señorita internet»; y me encontré, entonces, con el escudo de armas del municipio.

Aunque no soy experto en heráldica, el escudo municipal me llamó la atención. Envuelto por búfalos; diamantes; quelonios, y ramas de café, en una confusión digna de la película Jumanji, otro escudo bien familiar salta a los ojos del observador. Una versión adaptada del blasón español, con derecho a «plus ultra», y columnas de Hércules, ocupa una posición privilegiada en el escudo de armas de la ciudad minera.

Fue, en ese momento, en el que las piezas del rompecabezas comenzaron a producir un retrato confiable. Encontré en el sitio del Servicio Nacional de Comercio (SENAC-Minas), y en la página del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), dos explicaciones muy parecidas para el topónimo.

Dice la tradición popular, que el nombre fue dado por dos hermanos españoles que mantenían, en el Río Paraíba, un puerto con servicio de ferry para travesía. Como el río era muy ancho, los hermanos solían comentar a los pasajeros que aquel tramo se parecía al mar de su tierra natal, España. A un granjero de la vecindad le pareció bonito, y lo oficializó. El antiguo «Arraial do Jabuti» pasó a ser llamado Mar de Espanha.

De río a mar hay, sin duda, un abismo semántico-geográfico bastante considerable; para ejercitar una libre imaginación (o nostalgia) tan fértil como las orillas del Paraíba. Pero es, precisamente, en este abismo, donde habitan el sueño y la creatividad; sin los cuales la vida pierde su sabor.

En cuanto a mí, sigo buscando inspiración; a veces, en las profundidades oníricas, aunque con mayor frecuencia la encuentro en el efímero y prosaico acervo de la rutina; alimentada diariamente por los puntos ciegos entre las matrículas de vehículos y los «papeles rotos de la calle».

Danilo Arantes