Español Portugués, Portugal

João Cidade Duarte, conocido para la posteridad como san Juan de Dios, a partir de su canonización en 1690, nació un ocho de marzo de 1495 en Montemor-o-Novo, cerca de Évora, y murió en Granada el mismo día y mes de cincuenta y cinco años después, en 1550. Es un personaje que me fascinó hace años, cuando escribí mi libro “La ciudad vórtice” (2005), libro consagrado a los eternos conflictos granadinos, ya que entre todos los héroes locales de esta ciudad andaluza, es casi el único que se eleva por encima de ellos, y adquiere una aceptación unánime sin sombra de duda. Ni dudas admite cuando lo comparamos, por ejemplo, con Federico García Lorca o Ángel Ganivet, dos figuras mayores del olimpo local, que siguen siendo objeto de controversias, filias y fobias, aún al día de la fecha.

La razón principal de ese consenso sobre la persona y obra de João Cidade, en aquella época en la que los muertos de hambre o enfermedad yacían en las calles, es que este practicó una fórmula infalible: la caridad con el prójimo sin distinción de creencias, en una península ibérica en transición de la pluralidad a la unicidad cultural y religiosa. Entre la caída del reino musulmán de Granada, en 1492, y la expulsión de los judíos de España en aquella misma fecha, se abre una interinidad convivencial entre cristianos y moros, que acaba por finalizar con las expulsiones del reino granadino de los segundos hacia el resto de España en 1568, tras la rebelión morisca de la Alpujarras, y la expulsión definitiva de España decretada por Felipe III en 1609.

Buena parte de la vida de Juan Ciudad nos es desconocida o transcurre entre sombras, aunque se conocen algunos hitos. Verbigracia, el mencionado lugar de su nacimiento en Portugal, y que, con ocho años, por las razones que fuere, entre otras se piensa en una posible bastardía, estuviese al servicio del conde de Oropesa, como pastor. Y con las mesnadas de este combatiese en el cerco de Fuenterrabía, en el cuadro de las luchas entre españoles y franceses. Cerco del que no salió marcado por la bravura y el heroísmo. Más adelante volvió a enrolarse en la lucha contra los turcos, que asediaban Viena, quizás para restañar aquella herida en su honor. Después de este cerco volvió a Montemor-o-Novo, de ahí, tras pasar por Sevilla, Gibraltar y Ceuta, llega a Granada. Ciudad marcada, como decíamos por la presencia mayoritaria morisca, y la falta de cumplimiento de las capitulaciones de la conquista, firmadas por Isabel la Católica, con esta comunidad. Llega a Granada en 1538 con una edad avanzada para la época, cuarenta y tres años, y para ganarse la vida se convierte en mercader de libros, con puesto en la célebre puerta de Elvira. En sólo doce años su figura se hará imprescindible en el paisaje urbano, incluso para entender la Granada de hoy. Se convierte en un “loco de Dios” al oír predicar en las plazas de la urbe andaluza al Maestro Juan de Ávila. Será encerrado, tomado por demente, en el Hospital Real de Granada, donde se hacinan entonces no sólo enfermos, con las enfermedades bíblicas –lepra-sarna, bulbos, etc.- sino también los trastornados. Puesto en libertad, habiendo cambiado en su estadía hospitalaria la ruidosa “locura” por la silenciosa amabilidad, comienza a practicar la caridad. En fin, ahorraremos detalles. Esta historia me impresiona, ya que yo hice un curso de la carrera en ese mismo edificio, el Hospital Real de Granada, fundado por los Reyes católicos, y devenido a mitad de los años setenta, aulario de la facultad de Letras de la universidad granadina. En su precariedad aún podías acercarte y visitar las celdas de los locos y enfermos que subsistían en ella hasta hacía poco. Las bromas comparativas entre nuestros estudios humanísticos y el que aquello hubiese sido asilo de locos, eran moneda corriente.

El caso es que el lenguaje que emplea ahora, lo comparte con los moriscos, el zakat o la limosna, están cerca. Los moros también habían tenido su hospital del locos y enfermos en el Maristán. Recuerdo que una becaria del centro de investigación que yo dirigía nos descubrió una dimensión insólita de la caridad de Juan Ciudad: a su muerte, y según consta el memorándum de santificación, hasta los moriscos iban llorando tras su cadáver. Había dejado una impronta indeleble en la ciudad. Esta aceptación entre los moriscos corroboraba que en el islam los locos de Dios fuesen una manera de profetismo. Dos siglos antes, el sultán de los musulmanes había perdonado sus exaltadas predicaciones a san Francisco de Asís cuando este se presentó ante él en El Cairo, y en un lenguaje incomprensible para él –el italiano- lo habían conminado a ver sus milagros caminando sobre unas brasas ardientes. Fray Elías, contrario a Francesco, es posible que lo enviase a hacer esta demostración al sultán en la creencia que lo mandaría encerrar, pero no contaba con la consideración sagrada que los locos tenían en el islam. San Francisco salió triunfante de la ordalía gracias a ser un “loco de Dios”.

En definitiva, en Granada, las hazañas de Juan Ciudad alcanzaron una interpretación pictórica en el cuadro de gran formato de Manuel Gómez-Moreno González, eminente arqueólogo al cual debemos algunas obras muy notables. En 1549 se produce un incendio en el Hospital Real, donde Juan Ciudade había estado asilado por loco, y cuando el pavoroso incendio amenazaba con acabar con los enfermos, este loco de Dios se lanzó contra las llamas y fue salvando a muchos de ellos, ante la mirada atónica del público, que esperaba su muerte cierta. Gómez-Moreno con gran atino pictórico reflejó este momento sublime en la vida, posteriormente santificada por Roma, de un loco de Dios, que vivió en una ciudad todavía balbuceando la agonía morisca y la supremacía de catolicismo tridentino, entonces en plena ebullición.

Más allá de su significación religiosa, la figura de João Cidade Duarte lo sitúa en un medio en el que el tránsito de las personas en la península ibérica no estaba sometida a las reglas fronterizas, y el tránsito de personas libremente era cotidiano. Todo ello culminaría en 1580 bajo el reino de Felipe II, o I, treinta años después de la muerte del santo portugués-granadino, con la unificación dinástica de España y Portugal. Pero las relaciones humanas ya eran profundas desde mucho antes. Lo cual demuestra, que si san Juan de Dios, pudo integrar en su persona a moriscos y cristianos, bajo el signo de la caridad, y sin que nadie se cuestionase su origen o “nación”, y hoy día en la ciudad de Granada el peso de la orden hospitalaria, surgida de su acción, es que lo local, sea en un país u otro sigue siendo la base y sustento de la realidad ibérica. Como veía Ángel Ganivet al afirmar que “España era una interinidad” y que la vida local era el verdadero soporte de la españolidad, y por extensión de la “portugalidad”.

 

José Antonio González Alcantud es catedrático de antropología social de la Universidad de Granada y académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Premio Giuseppe Cocchiara 2019 a los estudios antropológicos