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«De España nem bom vento nem bom casamento», es aquel ancestral y sonoro refrán portugués que, siendo más corto que un tweet, consigue condensar siglos de autodefensa anticastellana, cristalizada primero en el episodio de Aljubarrota y después en la Restauración de 1640. Su paroxismo llegó con la inquisitorial y decimonónica Comissão Central 1º de Dezembro de 1640 y el ensimismamiento salazarista. El refrán, hoy en día, está perdiendo fuelle, pero permanece como comodín argumentativo para sabotear cualquier debate sobre eventuales alianzas y convergencias peninsulares.

En un reportaje audiovisual en Youtube, subido por el usuario «Jangada de Pedra», aparecen una serie de testimonios que cuestionan la vigencia del refrán de marras. El primero de ellos es el de Leonor Mateus que subraya su agradecimiento a España porque le dio la «oportunidad de estudiar» y «conocer» a su novio.  Gaspar Silva opina que «los tiempos son otros. Las personas son otras. Ya hay muchos matrimonios entre portugueses/as y españoles/as». Augusto Ferreira afirma «estamos en Europa. Tenemos buenas relaciones con España». Vanessa Costa recuerda que «mi abuela era española y sufrió mucho por ese refrán. No se puede juzgar a las personas por el lugar de donde vienen».

El último de los testimonios del video es el de Vánia Coelho que considera «majos» a los «españoles», pero «las mujeres no tanto: son un poco extrañas». Estos celos como los sufridos por la abuela de Vanessa o los expresados por Vánia -contra las españolas- conectan perfectamente con una de las claves del refrán: la culpa de los malos casamientos ibéricos siempre recae sobre la mala fama de las reinas y princesas españolas que se casaron con reyes portugueses. Por tanto, este refrán ha servido para que -popularmente- suegros y suegras portuguesas torturasen a nueras españolas.

Existe una canción infantil de Maria de Vasconcelos, con el mismo título del refrán, que narra la sensación de alivio histórico por la Restauración de la independencia de 1640, que siempre vuelve con fuerza cada vez que se internacionalizan las convulsiones políticas en Cataluña. Una parte de los portugueses se identifica intuitivamente con los condados catalanes, otros portugueses con la grandeza imperial -o con el rule of law– del Estado español. Todo tiene una explicación. Portugal es una mezcla histórica de dos veces España (Imperio y Estado moderno) y una Cataluña (condado medieval con lengua propia).

Portugal es -paradójicamente- una organización territorial hipercentralizada, de cuño jacobino, todo lo contrario a (las) España(s). Las diferencias históricas entre Portugal y Cataluña son evidentes: el Papa nunca reconoció -durante el medievo- a Cataluña como Estado y, en la actualidad, la uninacionalidad interna portuguesa no tiene nada que ver con la plurinacionalidad interna catalana.

La fortaleza del Estado portugués se basa en una continuidad histórica entre un reino medieval y una nacionalización identitaria del Estado moderno. Esto le garantiza una extraordinaria homogeneidad interna. La hipótesis de un paralelismo histórico exacto entre los condados de Portugal y Cataluña sólo se habría verificado en el caso de que Cataluña se hubiese separado de Aragón en el siglo XII, tal y como lo hizo Portugal del Reino de León con reconocimiento papal. La diferencia, por tanto, es anterior a 1640. Lo que sí será contemporáneo a la Restauración portuguesa, y a su agitación y propaganda, será nuestro proverbio luso, publicado por primera vez en 1651 en una versión donde «De España» es «De Castela», porque -entre otros motivos- Hespanha era el nombre geográfico para toda la Península.

La periodista española Virginia López, casada con un portugués y afincada en Portugal hace más de 15 años, publicó en 2012 su primer libro De Espanha nem bom vento nem bom casamento (A Esfera dos Livros). Virginia afirma «he perdido la cuenta de las veces que me han dicho el refrán».

En relación con el «mal viento», López les da la razón porque «cuando soplan del interior, es decir, de España, son más severos y fríos en invierno y más calurosos y secos en verano que cuando soplan desde el Atlántico, que son siempre más suaves, por lo que entiendo que digan que eran más perjudiciales para las cosechas portuguesas». Tras investigar estos matrimonios reales ibéricos, su conclusión es clara: «no creo que las españolas tengamos la culpa de los malos casamientos que haya podido haber».

Hubo excelentes matrimonios como los muy enamorados Fernando VI y Bárbara de Braganza, o el de Carlos I con Isabel de Portugal, cuyo hijo fue Felipe II. Isabel pudo gobernar primando los intereses peninsulares dado que Carlos pasaba largas temporadas fuera del país. Menos afortunado fue el caso de María Isabel de Braganza y su tío Fernando VI, sin embargo, la reina consorte portuguesa dejó como legado nada menos que el Museo del Prado.

Aquella política matrimonial de las coronas formaba parte de la política de diplomacia, tanto para congraciarse como para despertar intrigas creando posibilidades remotas de heredar un reino vecino por un descendente. Según Virginia, «hubo casos como la reina Catarina de Austria, la abuela de Don Sebastião, que supo entender a los portugueses. Ella sí que fue ibérica. En todas las relaciones existía la rivalidad, pero también hubo un sentimiento ibérico. Incluso Felipe II era ibérico, dejó siempre autonomía al reino de Portugal. Los vientos españoles a veces han sido favorables». En un matrimonio ibérico «ambas partes salen ganando, en concreto, los portugueses con la sal de los españoles y los españoles con la calma de los portugueses», afirma la periodista vallisoletana.

Ese silenciado círculo virtuoso algún día cristalizará en un nuevo refrán que, desde este momento, propongo: «De Iberia: buen viento, buen casamiento».

Pablo González Velasco es coordinador general de EL TRAPEZIO y doctorando en antropología iberoamericana por la Universidad de Salamanca