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Comenzaré una serie de artículos sobre la desconocida historia del iberismo portugués y español. Ambos fueron movimientos paralelos, pero no sincrónicos. El iberismo tiene referentes anteriores en la Hispania romana y visigótica, así como Al-Andalus, Sefarad y la Monarquía Hispánica, cuyos principales sedimentos civilizatorios y culturales son compartidos por todos los ibéricos. No obstante, como movimiento político moderno, empezaremos en el inicio del siglo XIX, que es el gran siglo del viejo y saudoso iberismo.

El derrotado iberismo fue tan importante que hizo victorioso a un anti-iberismo que todavía perdura en visiones separadoras en lo cultural, en España y Portugal, sin perjuicio del escrupuloso respeto a los Estados soberanos, y que perduró en justificar la recolonización africana lusa en el siglo XX. Al margen de las consideraciones prejuiciosas sobre la falsa vinculación del iberismo con imperialismo español, el iberismo fue mutando del sueño constitucional gaditano a un sueño hispanófilo e iberófilo portugués, tras la grave pérdida de Brasil, primero más político y después más cultural, con un breve renacimiento político en el republicanismo luso antes de la toma del poder, en el contexto del Ultimatum Inglés, que terminará tomando el testigo al sueño lusófilo e iberófilo español, por preferir reyes más liberales portugueses o, más tarde, como fórmula federal para los problemas territoriales internos en España.

El iberismo dejó huella en el diccionario oficial de la Real Academia de la Lengua Española que viene definida por: «la doctrina que propugna la unión política o una especial relación sociopolítica entre España y Portugal». En dicho diccionario también está aceptada «saudade» (añoranza) y «saudoso» (de imposible traducción).

Durante el siglo XIX, los entonces jóvenes nacionalismos portugués y español eran incompatibles entre sí, pero “separadamente eran compatibles con el nacionalismo ibérico”, como afirma el mayor investigador sobre iberismo el profesor José Antonio Rocamora. El iberismo nace del lado español como oposición liberal y modernizadora al absolutismo, y del lado portugués, como movimiento para compensar la pérdida de Brasil y recuperar la pérdida de relevancia internacional. Ambos movimientos forman parte de las revoluciones liberales y nacionalistas, que reivindican la soberanía en manos de la Nación frente al Antiguo Régimen y que, en países como Alemania e Italia, representaban un movimiento unificador para viabilizar países de mediano porte dada la división de pequeños Estados existente.

Dado que en aquella época solía haber monarcas lusos liberales, los liberales españoles buscaban la unificación liberal y constitucional de la Península a través de la coronación de un rey portugués. Idea que contaba con las simpatías de algunos de sus pares lusos.

La huida a Brasil de la Corte (1807) de João VI, ante la invasión napoleónica, fue un hecho histórico que condicionó esta coyuntura. El rey portugués se llevó a todo el aparato administrativo, gran parte de la nobleza y la biblioteca nacional. Brasil adquirió el estatus de Reino, soberano de facto, que le permitió mantener su unidad territorial, frente a la división hispanoamericana.

La infanta española Carlota Joaquina, reina consorte de Portugal (1816-1826), conspiró contra su marido y su hermano toda su vida para reeditar una Unión Ibérica absolutista bajo su mando. Esta iniciativa es previa al movimiento iberista y atiende a una megalomanía antiliberal y, por tanto, no se puede considerar como precedente del iberismo. Por su posición privilegiada en la Corte portuguesa y su candidatura frustrada de convertirse en Regente de España en las Cortes gaditanas, con el apoyo de una minoría de incautos liberales, tiene su relevancia histórica.

Con la vuelta de Fernando VII se restauró el absolutismo (1814-1820). En 1820, la revolución liberal y el pronunciamiento militar de Rafael de Riego obligó a Fernando VII a la jura de la Constitución de 1812. Las oleadas revolucionarias siempre tenían sus repercusiones y réplicas exteriores, sin embargo, no eran simultáneas. Una de las excepciones históricas ocurrió en 1820. La revolución liberal en Portugal, que recibió un cierto auxilio español, se produjo meses después de la española y tenía un doble objetivo: acabar con la ocupación militar británica, que había liberado Portugal de la ocupación napoleónica, y la vuelta del rey absolutista a João VI a Portugal para obligarle a jurar una nueva constitución y restablecer la Corte en Lisboa. La vuelta se produjo en 1821 y la nueva constitución, y su jura, se hizo semanas después de la independencia de Brasil (1822). La independencia de Brasil es el resultado de las tensiones centrífugas entre la nueva metrópoli luso-brasileña y una vieja metrópoli Portugal, sin Corte ni rey en suelo peninsular, ocupada por Inglaterra y amenazada con convertirse en una plaza europea del «Imperio» de Brasil.

El paralelismo hispano-luso es claro entre las juras de los monarcas absolutistas de las constituciones liberales. El rey portugués acata la suya dos años después de Fernando VII y un año antes de que el español se desdijera. En este contexto de la pérdida de Brasil y las revoluciones liberales, en Londres ya circulaban ideas sobre la unión peninsular en los periódicos “El Constitucional Español” y “O Campeão Portuguêz”.

Durante el Trienio Liberal el rey absolutista conspiró hasta conseguir la intervención francesa, bendecida por la Santa Alianza, llamada “Los Cien Mil Hijos de San Luis” (1823) para restablecer su régimen. Fueron pocos meses de coexistencia peninsular de dos regímenes liberales.

La génesis del iberismo español nace de la corriente de liberales revolucionarios, los seguidores más jóvenes de Rafael de Riego, llamados veinteañistas, que deseaban completar la revolución democrático-liberal en España. En 1823 este grupo parte para el exilio cuya primera parada será Gibraltar y posteriormente Londres.

Continuará…

 

Pablo González Velasco es coordinador general de EL TRAPEZIO y doctorando en antropología iberoamericana por la Universidad de Salamanca