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En tiempos andalusíes al-Gharb y al-Andalus eran un continuum, Gharb al-Andalus, que sólo forzados relatos nacionales e intereses estratégicos dispares obligaron de manera artificiosa a separar. Primero, haciendo depender el modelo hispanomusulmán del sur español en exclusiva, gracias a la colaboración interesada en época del Protectorado marroquí entre intelectuales franceses y españoles, y en segundo lugar porque la épica nacional de cada cual, Portugal y España, así lo exigía.

La escuela arabista contemporánea portuguesa, desde António Borges Coelho, autor de Portugal na Espanha Árabe hasta el arqueólogo Cláudio Torres, al final del salazarismo ya laboraba por devolver al pasado luso su impronta moura. Pero fue la caída de la dictadura lo que precipitó esta evolución, aumentando el impacto de la obra de Borges y dando paso a las campañas arqueológicas de Torres. Mi amigo el profesor Antonio Malpica, arqueólogo granadino, me relata apasionadamente la importancia del encuentro con Torres. Hace unos años yo mismo fui invitado a Évora, una ciudad de impronta romana, por los arabistas lusos. Entonces se percibía el resurgimiento de una evidencia: o mouro en la cultura portuguesa. Ahora, años después, observo en las librerías lusas textos que divulgan no sólo el Algarve islámico sino la propia Lisboa musulmana. Es más, desde Marruecos los estudios comparados han ido al alza, y el Instituto Hispano-Luso de Rabat, bajo la dirección de la profesora Fatiha Benlabbah, refuerza con su actividad de diplomacia cultural el vínculo territorial entre la península ibérica tomada en su conjunto y el Magreb.

Para romper la anomalía que nos hacía ver la historia de una manera inadecuada y miope, nada mejor que realizar un viaje a través de la Raya. Dos localidades me permiten corroborar cómo se ha roto el maleficio: Almonaster la Real, en la sierra de Aracena, y Mértola, a las orillas del Guadiana. Cierto que las localidades de la sierra de Aracena nunca perdieron la noción del prestigio de lo islámico andalusí. En sus pueblos hallamos la impronta del pastiche neomorisco. Uno de estos testimonios con algo de extravagante nos sale al encuentro flaneando por el pueblo de Cortegana. Se trata de un edificio historicista donde prevalecen las imitaciones alhambrescas. Asomo las narices en el zaguán, y una pareja de edad, sus propietarios, me lo muestran todo orgullosos, señalándome que sus familiares lo elevaron pensando en la Alhambra. En la propia ciudad de Aracena hallamos algún atisbo de tímido neomudéjar , obra de su ilustre veraneante el arquitecto regionalista Aníbal González, quien más hizo por la Exposición Iberomericana de 1929 en Sevilla. Me viene a la mente, sin orden cronológico, la azulejería mudéjar de Sintra, y la idea del también arquitecto Torres Balbás, que sostenía en los años treinta que el mudéjar había sido el estilo nacional fallido de España.

Pero, lo realmente interesante es qué gracias a la sensibilidad de las autoridades autonómicas andaluzas, siguiendo pautas de protección del patrimonio andalusí, la mezquita califal de Almonaster la Real, hoy día exenta de aditamentos católicos ulteriores, se ofrece en todo su desnudo esplendor. Pienso, al recorrerla, en aquello que ha cambiado positivamente en las últimas décadas gracias a los regionalismos. Ahora, Almonaster puede lucir otra imagen de sí misma a través de hermosa mezquita omeya recuperada.

Puede el viajero continuar su trayecto hasta Mértola, tras atravesar una inútil frontera y una infinidad de páramos. Esta pintoresca localidad, situada estratégicamente en unas escarpadas rocas encabalgadas sobre el majestuoso río Guadiana, es otro ejemplo de recuperación de los estratos arqueológicos y de la conciencia. Las ruinas de la antigua ciudad andalusí, exhumadas por el citado Cláudio Torres, se complementa con otra mezquita, que permaneció en el tiempo bajo la envoltura de iglesia católica. Una joya probablemente almohade que también podemos apreciar en toda su magnificencia. Mértola de esta manera se ha transformado en otro ejemplo vivo de recuperación del pasado andalusí a través de la arqueología.

Termino mi recorrido inicial en Tavira, localidad costera del Algarve. De nuevo flaneando al albur por sus calles me sorprende un centro de interpretación patrimonial que alberga una exposición temporal sobre fiestas españolas de moros y cristianos. Con motivo de la misma se hace alusión al pasado islámico del Algarve. Todo esto, pienso para mí, explicita que, en un viaje zigzagueante por la antigua Raya, la apreciación de lo andalusí ha mejorado notablemente en las últimas décadas.

Ya con Ayamonte insinuándose en la lejanía, me detengo brevemente en Vila Real de Santo António. Me acerco por curiosidad al decadente hotel, a orillas del Guadiana, donde una vez, hace muchos años, hice parada y fonda, y donde el propietario orgulloso relataba entonces a los huéspedes que en su negocio se habían entrevistado una vez Salazar y Franco. Con placer observo que está cerrado en espera de una renovación. Probablemente, cuando lo reabran, si no lo han reabierto ya, nadie querrá recordar con tanto orgullo aquel encuentro. Hoy, olvidados los episodios grandilocuentes de imperios de pacotilla, Portugal y España están más cerca gracias a su horizonte compartido, su común Gharb al-Andalus, que impone una horizontalidad narrativa a la Península más que aquella otra anómala verticalidad de antaño.

 

José Antonio González Alcantud es catedrático de antropología social de la Universidad de Granada y académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Premio Giuseppe Cocchiara 2019 a los estudios antropológicos