Español Portugués, Portugal

A 115 años de la muerte del escritor y diplomático cordobés Juan Valera, vale la pena recordar la trayectoria vital de este destacado iberista, pionero del iberoamericanismo (miembro de la asociación Unión Iberoamericana), así como fue el primer divulgador de la poesía brasileña en España. Autor de la novela best seller Pepita Jiménez (1874), traducida a diez lenguas y estrenada en teatro y en una ópera de Albéniz. Para Julián Marías, Valera fue víctima de su éxito inicial, lo cual eclipsaría su obra posterior, donde se encuentran una serie de impresiones y consideraciones, de importante valor etnográfico e historiográfico, sobre su experiencia como diplomático en Portugal y Brasil. Hablaba portugués y era partidario de introducir lusismos antes que galicismos en la lengua española. Valera consideraba a ambas lenguas como “dos formas de un mismo idioma”. Tendrá una opinión favorable al mestizaje brasileño, inconcebible para una Europa con un racismo científico ascendente y hegemónico.

El periodista literario brasileño Agrippino Grieco recomendó a Gilberto Freyre leer Genio y Figura (1897) de Juan Valera, “onde há cenas das mais sugestivas sobre o Rio do Imperio”. La novela de Valera es resumida, por el crítico literario austriaco, nacionalizado brasileño, Otto Mari Carpeaux, como la historia de “um Dom Juam envelhecido, que se lembra do Rio de Janeiro como de un eldorado de sua mocidade”. Y en efecto, según Manuel Azaña, biógrafo de Valera, Premio Nacional de Literatura (1926) por esta labor, Genio y Figura “se compone de recuerdos brasileños. Las descripciones de Rio de Janeiro que trae la novela ya se encuentran nada menos que en las cartas dirigidas por Valera a Estébanez medio siglo antes” entre 1851 y 1853.

Conviene reconocer en este punto que las cartas a Estébanez tienen mucha más calidad etnográfica que Genio y Figura, a pesar de que ésta nos regale impagables aventuras y costumbrismos en la Tijuca, la Rua do Ouvidor y en general del “high life fluminense”. Estébanez Calderón le sugería por carta “dar una vuelta por la Salamanca de ese país, es decir, por la universidad de Olinda (Facultad de Derecho)”. En la “hermosa” Pernambuco, Valera fue agasajado por Miguel Bryan, sobrino del maestro Estébanez, y relató que “vive allí mejor que el Papa de Roma. Tiene coche, casa de campo lindísima, caballos para montar, y una ninfa Egeria, que misteriosamente va a visitarle por las noches”.                          

Según la biógrafa de la etapa brasileña, Concha Piñero Valverde, Valera fue el primer brasilianista español y el primer divulgador en España De la Poesía del Brasil, libro publicado en 1855. Mantuvo su ligazón con Brasil al casarse con la brasileña Dolores Delavat, que conoció en Río de Janeiro como hija de su jefe, con quien tendrá tres hijos.

El iberismo de Valera era pedagógicamente antianexionista, como lo demuestra en su obra España y Portugal (1861): “La gloria de España es un complemento de la de Portugal, y la de Portugal de la de España; no se limitan, no se dañan, y sí se complementan”. (…) “Por esto son los portugueses, aunque se hagan violencia para ser lo contrario, bastante más ibéricos que nosotros. Pero el iberismo nace del orgullo y del amor de la patria, y combatir en ellos estos nobilísimos sentimientos es combatir el iberismo”. (…) “En suma, nosotros no pedimos la fusión, ni la unión política de ambas naciones, pero anhelamos su amistad: y no queremos ir hacia Portugal para unir con violencia su destino a nuestro destino, sino que deseamos ir, como los novios que van a vistas, a fin de conocerse y tratarse y a fin de considerar si les tiene cuenta o no un enlace medio proyectado. Bien puede ser que les tenga cuenta, bien puede ser que se enamoren y se casen: mas aunque así no suceda, si ellos son buenos y están dotados de estimables prendas, no podrán menos, con el trato, de llegar a ser, cuando no esposos, íntimos y leales amigos”.

Valera afirma que “Camões es el primero que trajo a Europa” (…) “un aroma del Paraíso, algo de la naturaleza pujante de la India y algo de las ideas y sentimientos primitivos”. Sobre Río de Janeiro escribirá que “la vegetación más frondosa y admirable hace de sus alrededores un paraíso. (…) en poético desorden”. Cuando el viajero “descubre las costas hermosísimas del Brasil, (…) siente en el alma, si la tiene dispuesta y templada a armonizar con la hermosura de la naturaleza, la más grata emoción que ha sentido en su vida. Le parece se va a rejuvenecerse en el seno de una creación más joven”. Valera se deleita describiendo la mata atlántica brasileña y sus ruidos, que “combinados producen una concordancia extraña, agreste y curiosa. Yo, al escucharlos, imaginé muchas veces que decían claro en portugués: a natureza do Brasil rebenta de forte”.

Valera afirma que el pueblo brasileño está “maravillosamente dispuesto a admirar todo lo bello y lo sublime”. Es “alegre, festivo y apasionado; amigo de los placeres del espíritu; sensible a la hermosura de aquella rica Naturaleza que le rodea y recibiendo de ella inspiraciones”. (…) “la poesía y a la música está en todas las razas que el pueblo brasileño se compone. (…) Los mejores poetas del Brasil son mulatos. Lo que prueba, a mi ver, que la raza negra es tan buena como la nuestra, salvo la diferencia de color y de civilización”. Reconoce que los negros de Bahía son “hermosos e inteligentes”, incluso menciona los “resultados excelentes” del “cruzamiento de razas”. El autor de Genio y Figura cuenta anécdotas sobre esclavos, la posibilidad de insurrección, la aparición de un Cristo negro “como el nuestro” y llega a intuir la contribución africana e india al vocabulario del portugués brasileño.                                      

También considerará que “los brasileños, con el recelo de que les tomen por salvajes, y con el incentivo de pasar por gente positiva y despreocupada, se atiborran los sesos de derecho constitucional, economía política y periódicos ingleses”. El optimismo por Brasil es comparable con el de Gilberto Freyre, Stefan Zweig o Darcy Ribeiro: “En el Brasil, ya sea por la benignidad del clima, ya por el suave natural de la gente que le habita, o ya por ambas causas, se camina más lentamente hacia esa perfección material que ahora se tiene por el bien supremo –en Estados Unidos– (…) y, sin embargo, la riqueza y la prosperidad del Imperio son muy grandes”. En palabras de Elysio de Carvalho, Valera fue uno de los primeros extranjeros que “acreditaram na realidade brasileira, reconhecendo o valor da nossa inteligência, a nossa força imaginativa e as promessas da nossa cultura” (…) “Procurou compreender a índole de nosso povo e apanhar as singularidades, as bizarrias e a característica da psique brasileira”.

En una carta de Oliveira Martins a Juan Valera del 18 de abril de 1884 le confesará el portugués que “sonha com uma monarquia colossal Portugal, Espanha e todos os seus domínios nas Américas, e na África na Ásia”. Martins dedicará la obra História da Civilização Ibérica a Valera (“crítico eminente, escritor ático e espanhol de raça”). Ambos fueron admiradores de Pedro II de Brasil (y amigo de Valera).

Es interesante observar el paralelismo entre el emperador brasileño Pedro II y Juan Valera. Ambos, miembros de la Real Academia Española, iniciaron su amistad cuando Valera era diplomático en Brasil. En 1872, Pedro II visitó Madrid, escuchó el discurso de Valera en la Real Academia sobre las “Cantigas del Rey Sabio”, respondió hablando en un perfecto castellano y finalmente caminaron juntos por la ciudad. Valera se refiere a él como “emperador intertropical” y como “muy leído y muy escribido y muy licurgo” en una carta escrita el 24 de junio de 1872 a Hartzenbusch, quien preparaba la visita del emperador a la Biblioteca Nacional. Entre ambos, había mucha admiración y esperanza.

Al contrario que muchos portugueses que eran hispanófobos públicamente e hispanófilos privadamente, Fidelino de Figueiredo afirmaba que Valera era “lusófilo en la vida pública, pero lusófobo en la intimidad”. Lo que quería decir don Fidelino es que Valera llegó – después de un intenso enamoramiento por Portugal – a sentirse despechado por el amor no correspondido. Nada mejor que leer una carta de Juan Valera a Marcelino Menéndez Pelayo del 5 mayo de 1883, desde Lisboa, para entender su frustración iberista:

“En mi afecto a los portugueses hay grandes altas y bajas, y las bajas son más frecuentes que las altas. Estos señores son insufribles de vanos, de finchados y de rebeldes y traidores a su raza. Ya preveía yo que los artículos de los periódicos españoles, requebrando últimamente a los portugueses, defendiéndolos de insultos de Inglaterra y proponiendo la alianza española, iban a producir aquí el efecto de siempre: la desconfianza, el desdén y las coces. —Escribí, excitando a los amigos para que la Prensa se callase. No se calló. ¿Y que ha resultado? Que responden aquí periódicos que pasan por Ministeriales y hasta uno que inspira Corvo, defendiendo aun y para siempre la alianza con Inglaterra, y tratando de odiosa, de impopular, de perniciosísima toda alianza con España. Todo esto es abominable y estúpido de parte de los portugueses: pero fuerza es confesar que la simpleza y procacidad de nuestros periódicos, empezando por la sesuda época, tienen mucha culpa. Al demonio se le ocurre, sin marina, sin bríos, en decadencia como estamos, decir a Portugal: «deja a Inglaterra, si no te defiende, y vente con nosotros que te defenderemos». No faltó más sino declarar que íbamos a declarar la guerra a Inglaterra y a echar a pique sus naves para vengar a estos semi-paisanos. De todos modos, repito, yo me inclino a creer que, de estos gallegos rebeldes, infatuados, y enemigos de su propia casta, no sacaremos jamás partido con halagos. El Gobierno español, con un poquito de mala fe y con menos ternura, podía dar muy malos ratos a esta gente. En suma, yo estoy bastante desengañado y cansado de mi misión en Portugal”.

Al margen de las vicisitudes diplomáticas, Valera mantuvo su esperanza iberista: “Lejos, pues, de marchitarse en flor la idea del iberismo, vendrá con el transcurso del tiempo y con el asiduo cultivo a dar el fruto deseado, yendo entre tanto arraigándose y tomando vigor en el aumento de población, comercio e industria de uno y otro pueblo de Iberia”.

 

Pablo González Velasco es coordinador general de EL TRAPEZIO y doctorando en antropología iberoamericana por la Universidad de Salamanca.