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La pandemia de la Covid-19 pronto desembocará en una nueva normalidad; con la obligatoriedad de medidas de protección; de distanciamiento social; de limitación de aforos, y de restricciones diversas, pero ya con la posibilidad de realizar viajes por toda Europa.

Seguimos pues en un período en que las condiciones del entorno tendrán ciertas limitaciones, lo que va a impedir el normal funcionamiento de la economía.

Desde mi anterior artículo, publicado en esta columna de opinión, en el que analizamos la respuesta de la Unión Europea (“UE”) a la derivada económica de la crisis sanitaria, la principal novedad ha sido la propuesta de la Comisión Europea presentada el pasado 27 de mayo, la cual se ha comentado, ampliamente, en los medios de comunicación social.

La institución europea aprueba un «salto adelante»; una profecía de éxito, con novedosas políticas de estímulo económico. Estas políticas comunitarias pueden resumirse en cinco puntos fundamentales que, a continuación, paso a exponer y analizar.

Primero. Se propone crear un fondo europeo de 750.000 millones de euros para financiar la recuperación en los próximos años. De esta cantidad, 500.000 millones de euros corresponden a subsidios a fondo perdido, y 250.000 millones, a préstamos.

La cantidad es importante, pero justo la mitad de los 1,5 billones que habían calculado como necesarios en la última reunión del Eurogrupo. Hay que valorar que la caída del PIB para este año se estima en un 7,5% para la UE, lo que supone 1,23 billones de euros. Lo mejor es que 500.000 millones serán a fondo perdido; evitando, así, un endeudamiento inasumible.

Segundo. Este fondo irá destinado a toda Europa, pero en mayor medida, a los países más damnificados por la pandemia. Concretamente, a España le corresponderían 140.000 millones; 77.000 millones a fondo perdido, y 63.000 en préstamos. A Portugal, le llegarán 25.000 millones; 15.000 a fondo perdido, y 11.000 en préstamos.

Estos fondos equivalen, aproximadamente, al 11% del PIB anual de los países ibéricos. Es una cantidad muy importante que será suficiente para recuperar los niveles de actividad de 2019 a mediados de 2022, sino hay nuevos «cisnes negros».

Tercero. La condicionalidad de los fondos vendrá marcada por su destino a acciones de recuperación y transformación económica, y no ligada a parámetros macroeconómicos de austeridad presupuestaria. El dinero se destinará a cuestiones estratégicas ligadas al refuerzo de los sistemas sanitarios; salvaguarda de empresas afectadas por la crisis; transformación digital, y agenda verde.

Sin duda, la condicionalidad es necesaria, y nada tiene que ver con los «hombres de negro» que nos amedrentaron en la anterior crisis. Los fondos se han de utilizar con acierto; para salvar primero, y transformar, después, la economía. En cuestiones concretas podrían utilizarse para, de una vez por todas, realizar el tren de alta velocidad entre Lisboa-Madrid y Lisboa-Vigo; favorecer el definitivo desarrollo del vehículo eléctrico y, por supuesto, impulsar grandes instalaciones de energía solar; eólica; hidroeléctrica; de biomasa; y mareomotriz.

Cuarto. La oposición al Plan de Recuperación del grupo de países denominados «los frugales» (Austria, Holanda, Dinamarca y Suecia), tiene un escaso recorrido.

En primer lugar, estos países tienen un peso pequeño, ya que todos ellos no alcanzan a la población de España y, en segundo lugar, de romperse el mercado interior de la UE, la propia Comisión les ha advertido que verían reducida su renta per cápita en 1.500 euros.

Holanda ya ha presionado todo lo posible, y un poco más; insultos incluidos. A partir de ahora, es previsible que baje el tono y acepte sin demasiado disimulo la propuesta de Úrsula Von der Leyen.

Quinto. La propuesta se ha enmarcado dentro del horizonte del presupuesto comunitario 2021-2027. Aún ha de pasar por un tortuoso proceso burocrático para su aprobación. Por el momento, Europa ha respondido con medidas de urgencia. Un plan de compras de la deuda de los Estados, por parte del Banco Central Europeo, que se ha ampliado en 600.000 millones este mismo jueves, 4 de junio. Esto ha permitido a los países hacer frente a los gastos sanitarios, sociales y de apoyo de empresas, más urgentes.

En definitiva, si todo transcurre de la manera planeada, nos encaminamos a un rescate masivo para las familias y las empresas, que evolucionará hacia un modelo de desarrollo y transformación económica; impulsado desde el sector público, a desarrollar por el sector privado. El consenso político, en este sentido, se ha puesto de manifiesto en el Parlamento Europeo. En España, seguimos ensimismados en duras confrontaciones partidistas, si bien es de esperar que la «dirección» marcada por Europa, las difumine. Portugal sigue manteniendo un tono de consenso muy positivo, aunque la situación económica arroja 100.000 nuevos desempleados.

Las bases para la salida de la crisis en la UE están puestas. Como en otras muchas otras facetas, la Covid-19 va acelerar las transformaciones que estaban puestas en marcha. Una vez superada la pandemia, y sus secuelas más inmediatas, como el estrés post-traumático; especialmente, a partir de la llegada de la vacuna, se abre un horizonte que puede dar paso, a los felices años 20 del siglo XXI. La sacudida de esta pandemia puede haber sido el detonante necesario para el imprescindible «salto adelante» que la humanidad necesita.

Sin duda, es posible. La conciencia colectiva plasmada en los 17 objetivos de desarrollo sostenible para el año 2030, que han sido suscritos por 193 países de las Naciones Unidas, suponen una guía y un nuevo ideal. El consenso avanza, pese al liderazgo estrafalario y disfuncional de Trump, en Estados Unidos, y Bolsonaro, en Brasil. De todos nosotros depende autocumplir una profecía de éxito.

 

Pablo Castro Abad es editor-adjunto de EL TRAPEZIO y licenciado en Ciencias del Trabajo