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No. El coronavirus no es la peste negra, que se calcula que exterminó a un tercio de la población europea en el siglo XIV. El coronavirus es una enfermedad muy contagiosa, sí, pero que tiene un índice de mortandad muy bajo y que, tratada con la medicación disponible actualmente, se puede curar al cabo de unos días. También se puede prevenir con eficacia, si se cumplen las medidas higiénicas y los hábitos de conducta que nos han explicado, exhaustivamente, las autoridades sanitarias.

Pero, desde el primer momento, hay interés en magnificar y exagerar el impacto real de esta pandemia, creando una sensación de pánico en la población totalmente injustificado. Contribuye a ello el bombardeo mediático intensivo y el efecto de los rumores que se multiplican a través de las redes sociales.

La gente, preocupada e indefensa, es víctima propiciatoria de esta enorme operación de manipulación social que sufrimos desde hace dos meses, por parte de unos y otros. De un lado, está el interés de Donald Trump por perjudicar la pujanza económica de China. Por el otro, los intereses de los Estados Unidos y de Rusia para debilitar y destruir el bloque de la Unión Europea. Dentro de Europa, el interés de los países del norte para fortalecer su hegemonía y control sobre los países del sur. En los mercados financieros, el interés de los “tiburones” que se están forrando con la caída de las bolsas.

En sociedades más frías y estructuradas, como pueden ser Francia o Alemania, la pandemia del coronavirus se vive de una manera más objetiva, proporcionada y racional, en función del alcance concreto de sus efectos letales. Por eso, la canciller Angela Merkel no se corta un pelo y advierte que hasta un 70% de la población alemana puede resultar afectada por esta enfermedad sin que este anuncio produzca un descalabro en el país.

Pero los latinos vivimos de siempre en otro ambiente, más caliente y pasional. Esto, que puede parecer un tópico, se demuestra una vez  más con la reacción de sociedades como la italiana o la española ante la llegada del coronavirus. Primero no hacemos caso, relativizamos las recomendaciones sanitarias y después, cuando empiezan a salir las estadísticas de personas muertas, pasamos al otro extremo y lo convertimos en un drama colectivo que nos anuncia el fin del mundo, acumulando rollos y rollos de papel de WC.

En casos de gran impacto emocional, como es éste, hay que ser muy cuidadosos y serios. El año pasado, por poner un ejemplo, la gripe normal y corriente provocó en España la muerte de 6.300 personas y esto no mereció ninguna explosión de histeria mediática ni política ni social, puesto que son guarismos equivalentes a los de años anteriores. Ni se declaró el estado de alarma ni se decretó el confinamiento masivo de la población.

El problema que plantea el coronavirus es doble: todavía no se ha encontrado la vacuna para contrarrestar sus efectos (todo llega) y el número de contagiados es lo suficientemente alto para amenazar con colapsar la red de asistencia sanitaria, como pasa -y lo sabemos muy bien- durante los días críticos de las epidemias anuales de gripe. Además, ha producido situaciones totalmente excepcionales, como  el contagio de muchos facultativos y personal de enfermería y la confinación cautelar de todos los que han estado en contacto con ellos, lo que distorsiona el normal funcionamiento de muchos servicios hospitalarios.

Hay gobernantes que pueden tener la tentación de convertir la crisis del coronavirus en un ejercicio de reafirmación autoritaria de su poder. Esto acostumbra a pasar en políticos que tienen un frágil apoyo parlamentario y que ven en esta pandemia una oportunidad de oro para sobreactuar y dar una imagen pública de firmeza intransigente. Error: no son los políticos, sino los expertos en salud epidemiológica -que los hay y muy buenos- quienes tienen que pautar las medidas a adoptar en cada momento por parte de los poderes democráticamente elegidos.

Es obvio que esta pandemia tiene y tendrá unos efectos brutales sobre la economía local y global. De entrada, hay que denunciar y condenar a quienes intenten aprovecharse de esta crisis sanitaria con la especulación y la desestabilización de los mercados. A la vez, hay que fomentar la cultura de la solidaridad y extender una red de protección pública para que no se den situaciones extremas de penuria. Todo el mundo, y en especial las personas de la tercera edad, tiene que tener garantizado un techo, una alimentación digna, la atención médica y el acceso a los fármacos que sean necesarios para mantener la salud.

Sabemos, por la experiencia china, que superar esta infección vírica tardará unos dos meses, si seguimos al pie de la letra las medidas de protección y tratamiento que nos piden las autoridades sanitarias. Tenemos que focalizar nuestra vida en superar, sin estrés ni arrebatos de fobia y furia, este paréntesis obligatorio. Previsiblemente, a mediados de mayo, el coronavirus habrá sido vencido y habrá pasado.

Ahora, más que nunca, seamos europeos, seamos cerebrales, seamos pragmáticos. Los países occidentales nos hemos dotado, a lo largo de las últimas décadas, de unos servicios públicos y de un sistema de Seguridad Social que definen y garantizan nuestra calidad de vida. Es hora de hacer plena confianza, dar todo el apoyo y facilitar su labor a los trabajadores que tienen que hacer frente, en primera línea, a esta emergencia colectiva: el personal sanitario, pero también los cuerpos de seguridad y los servicios sociales.

A pesar de la burbuja de pánico que se ha creado, tenemos que mantener la certeza que no hay para tanto y que si actuamos con responsabilidad y nos ayudamos los unos a los otros tendremos la batalla ganada. De esta crisis tenemos que salir todos juntos siendo mejores personas.

Los periodistas tenemos una gran responsabilidad a la hora de crear y transmitir el marco mental en el cual se mueve la sociedad. Desde aquí quiero apelar a los compañeros de profesión, en especial a quienes tienen tareas de mando en los grandes medios de comunicación de masas, para que no fomenten el alarmismo gratuito y nos enseñen la luz que hay al final de este túnel donde todos los europeos hemos entrado.

 

Jaume Reixach es periodista y editor de las publicaciones EL TRIANGLE, LA VALIRA y EL TRAPEZIO