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Si en relación con los mitos anteriores ya hay algo de transparencia, entre otras cosas, porque son ridículos ante el conocimiento que tenemos hoy, este mito sigue prácticamente intacto: La Independencia de 1640.

Según se oye y se lee por ahí, España nos trajo el caos y la destrucción; nos hizo perder el Imperio y la autonomía, pero gracias a los sucesivos levantamientos de todo un pueblo que no quería ser español, y a unos valientes nobles, logramos restaurar nuestra querida independencia.

Sólo hay un problema algunos de nuestros principales historiadores contradicen toda esta narrativa.

En primer lugar, la decadencia del Imperio ya se venía manifestando antes de la Unión Ibérica. Es más, en muchos casos,  la Unión sirvió para fortalecer las débiles posiciones de Portugal. Las grandes pérdidas, después de todo, como nos cuenta José Hermano Saraiva, se debieron al precio que el país tuvo que pagar a las potencias extranjeras por su independencia. Oliveira Martins, se pregunta si Portugal se ha convertido en un protectorado inglés. Intelectuales como Lenin, Amílcar Cabral, Buenaventura de Sousa Santos y otros, no tienen dudas, eso es exactamente lo que sucedió.

En segundo lugar, no es cierto que los portugueses se hubieran levantado en masa contra los terribles españoles. José Mattoso lo afirma claramente: «La Restauración, contrariamente a lo que juzgaron los historiadores portugueses del siglo XIX, fue un movimiento minoritario, y que internamente se impuso con dificultad».

De hecho, los restauradores, además de exigir impuestos más gravosos sobre el pueblo, sólo lograron reconstruir, a la fuerza, un ejército para esta guerra. Incluso uno de los historiadores más a la derecha de nuestro país, Rui Ramos, admite en su Historia de Portugal «[…] las resistencias de este mundo local al reclutamiento, a la tributación y, en general, a las exigencias de guerra limitan la imagen de la Restauración como una “guerra nacional”. La falta de soldados «condujo reiteradamente a violentas “capturas” de hombres, y a reclutamientos realizados por capitanes, señores, o simples contratistas por cuenta propia, suscitando, a menudo, enérgicas protestas de la población».

El golpe fue perpetrado por un número limitado de hidalgos y nobles de Lisboa — los afamados Cuarenta Restauradores —, que declaraban con toda soberbia tener al rey en la mano, vacilante. Es más, el nuevo rey dudó durante mucho tiempo antes de tomar parte en este golpe. Casi la mitad de las casas nobles propietarias portuguesas se mantuvieron fieles a los Habsburgo.

Pedro Cardim, historiador de la Universidad Nova de Lisboa, aclara: «[…] existía, y siguió existiendo, un grupo que estaba convencido de una mayor integración de Portugal en la monarquía española. [… ] la mayoría de la gente era bastante indiferente con respecto a lo que estaba pasando, y a muchos no les repugnaba continuar en la monarquía española, al contrario. Bastaba con dar continuidad a lo que se había hecho en los 60 años anteriores».

Pero la estocada final en este gran mito es dada por José Mattoso, cuando nos cuenta que el problema de la Unión Ibérica no fue la falta de autonomía de Portugal, sino el sistema híbrido en el que los portugueses, no estando totalmente integrados, no tenían los mismos privilegios que los españoles.

«¿Qué querían todos ustedes?, ¿que Portugal se fundiera en el cuerpo de la monarquía?; aunque la Corte de Madrid, que podía ir saqueando el reino, conquistado y unido, vería secarse esa fuente, desde que la fusión se consumase; y la burguesía española; togada; mitrada; comercial, temía la competencia de los adventicios en los puestos, y las especulaciones mercantiles».

«… el duque, la nobleza y la burguesía no reclamaban la independencia, deseando, en el fondo, la fusión. Rechazaban y se indignaban, sin embargo, contra el sistema híbrido, contra la unión de los dos reinos, que, permitiendo a España saquear Portugal, no daba a los portugueses los foros e intereses de los españoles».

Para terminar, decir que la invención de la conmemoración del Primero de Diciembre ocurrió en la década de 1860, más de 200 años después, únicamente en Lisboa, y por motivaciones políticas — para acusar al gobierno nacional, de entonces, de Iberismo.

«Es evidente que la connotación patriótica de 1640 se añadió después de la revuelta, un trabajo llevado a cabo por la propaganda del período posterior a 1640, con el fin de legitimar la rebelión, justificar la ruptura política, y movilizar a la población para la guerra contra la monarquía española. Y se notó, finalmente, que fue esa misma propaganda la que creó y difundió la idea de que Portugal había sido explotado por la monarquía española durante 60 años». — Pedro Cardim

Para evitar una nueva idade das trevas «edad oscura» en la Península, como sucedió con la llegada de los fascismos el siglo pasado, y que arrojó el iberismo al fondo del baúl durante muchas décadas, debemos combatir estos mitos patriotas; nefastos, y muy peligrosos.

Alexandre Nunes es licenciado en Estudios Europeos