03/04/2025

David Uclés: «Nunca existirá España ni Portugal en mis novelas, siempre será Iberia»

EL TRAPEZIO entrevista al joven escritor iberista, autor del libro "La península de las casas vacías"

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David Uclés (Úbeda, 1990) es el más reciente narrador de una ficción cruzada con la realidad sobre la Guerra Civil española, pero leyéndole podemos imaginarle fácilmente narrando cualquier otra historia, incluida la de nuestras propias vidas. En La península de las casas vacías, escrita en clave de realismo mágico, la acción en un pueblo rural andaluz llamado Jándula, similar a su más que querida Quesada, en la provincia de Jaén, nos lleva a un viaje por tiempos lejanos (¿o no?) e intensas tramas personales, a través de las cuales expone la descomposición de una familia y un país.

Publicada en 2024 por Siruela y, próximamente, en portugués por la editorial D. Quixote, su tercera novela – tras El llanto del león (2019) y Emilio y Octubre (2020) – fue concebida íntimamente a lo largo de 15 años, sobre todo a partir de los recuerdos de su abuelo que Uclés no quería que se perdieran. El resultado es una obra que inquieta y fascina a la vez, con hechos que al mismo tiempo se cosen a la imaginación, transformando la península que conocemos en un territorio unido bajo la bandera de Iberia, aunque profundamente dividida por el contexto de la época retratada.

Desde hace casi un año, David Uclés recorre España presentando este libro, el más vendido en el país en las últimas semanas y, para muchos, uno de los libros del año pasado, habiendo recibido incluso, entre otros, el Premio Cálamo al Mejor Libro de 2024. Por eso, desde EL TRAPEZIO, invitamos al escritor y músico para que nos hable de este viaje y, por supuesto, de la conexión ibérica que evoca con esta historia.

—¿Como estás navegando el éxito de esta obra?

Bien, bien. Estoy muy contento pero muy estresado también. Poco a poco me voy acostumbrando al estrés. Muy feliz, por ejemplo, por las traducciones. Estoy a punto de cerrar una al danés. El inglés, el alemán y el francés están ahí casi casi, pero todavía no. Y creo que esta semana cerramos también la adaptación audiovisual, a una serie. Entonces cada día hay como noticias nuevas que me hacen muy feliz. Estoy muy contento.

—La verdad es que has recorrido miles de kilómetros con este libro, tanto para escribirlo como para promocionarlo. ¿Dónde has estado para inspirarte y qué lugares te han llamado más la atención?

Sí, yo diría casi 50.000 kilómetros dedicados al libro en dos años. No los he contado bien todavía, pero bueno. He estado en toda la Península… Bueno, voy a ser justo contigo, he estado en toda España. En Portugal sólo hice un viajecito a Oporto y al norte de Portugal. Fui allí en plan cultural y de turismo. Quería ver hasta qué punto nos parecemos para no vivir de espaldas al país que tengo justo al lado, pero no me dio el tiempo para más. De hecho, llegué a coger una habitación en Lisboa para mudarme, pero al final no pude porque me puse un poco mal con el corazón hace un año y medio. Y lo perdí todo, los billetes de avión y la fianza del piso. Entonces ahora quiero irme a Lisboa cuando esté de vacaciones, pero no me lo preparo mucho porque me da miedo.

A parte de eso, viajé mucho por España y muchos sitios me inspiraron: Málaga; la carretera que conecta Málaga con Almería; el puerto de Alicante; la carretera de Girona que va hacia Francia; Guernica… Badajoz, por supuesto, la zona donde estaba antes la plaza de toros; también el Ebro y la parte donde ocurrió la batalla. Creo que estos son los lugares más importantes, donde ocurrieron los grandes hitos de la Guerra Civil y en los que describo los episodios más largos. Ir allí fue muy emocionante.

—Entonces, ¿por qué lo escribiste con un trasfondo ibérico y no sólo español?

¡Vamos a eso! Empecé a leer Saramago a los 13 años, leyéndolo hasta los 18 sin parar. Viendo sus charlas por YouTube, escuchando sus conferencias… Todo, todo. Entonces él me enseña todo como un mentor, aunque no lo haya conocido, y me fortalece la idea que tengo de Europa y la intención de que Europa sea fuerte. Y de eso surge otra idea también: la peninsular, la de Iberia. Entonces decido, de una forma muy naif, muy romántica al principio, que en mis novelas solamente existirá Iberia, porque me parece romántica la idea de un país con estos límites geográficos. Pero poco a poco empiezo a tomar conciencia de lo que significaría Iberia y a leer pensadores antiguos como el poeta Maragall, algunos textos de Pessoa, Torga, Unamuno y, sobre todo, Ian Gibson. También observo la crisis territorial que hay en España, de diferentes países que forman España y quieren ser independientes, y la idea de Iberia empiezo a concebirla como una solución política. Más que una solución, creo que provocaría un enriquecimiento de ambos países [Portugal y España]. No creo que algo pueda salir bien de dos vecinos que comparten el mismo territorio geográfico y estén de espaldas. Entonces yo ahora le veo todas las virtudes: lingüísticas, geográficas, ferroviarias, [de conexión] iberoamericana, territoriales… ¡Y históricas! No solo por lo que ocurrió, sino por lo que podemos llegar a ser. Sería bonito que dos países se unieran en un momento de divisiones, con un impulso nuevo. Ahora lo veo más políticamente necesario. Veo la Europa actual muy débil. Lo estamos viendo con lo de Alemania o lo de Francia hace poco, y esa unión nos fortalecería. Seríamos un núcleo un poco más resistente que los dos países separados, al que también le encuentro un sentido en la política actual.

—Por eso sustituyes «país» por «península» en el título.

Exacto. Lo de la península lo puse como norma. Al igual que otros escritores como Saramago, que no utiliza puntos seguidos, sino la coma y solo a veces cuando hay un diálogo… No me acuerdo bien. Pues yo me propuse que nunca existirá España ni Portugal en mis novelas, siempre será Iberia. En la anterior, Emilio y Octubre, eso es más sencillo porque el tema es más europeo. Pero claro, en esta que es sobre la guerra en España, ¿cómo metería yo ahí Portugal? Pues lo hice forzado, se le nota las costuras, que no es natural. Pero entre eso y no meterlo, prefería eso. Yo acepto que no está muy bien hecho, que es débil, pero, siendo una novela muy amplia, no podía dedicarle más tiempo a fortalecer sus diversas partes porque entonces no publicaba nunca. Si me dejaran reescribir el libro durante seis meses, por supuesto que habría más episodios en Lusitania y haría que afectara más la guerra a la región lusitana. En fin, no hay ninguna novela perfecta. Esta tampoco lo es y ya está, yo asumo sus imperfecciones.

—Ya que hablas de Lusitania, ¿por qué dar ese nombre a la región portuguesa y no quedarse con Portugal, como hiciste con Cataluña o Galicia?

Portugal… Como país, ya existe. Entonces, si se va a unir a otros para crear ese nuevo impulso de que hablaba, con una nueva fuerza, un nuevo espíritu, no creo que se deba mantener el mismo nombre porque entonces no hay gran cambio. Pero bueno, si la región íbera votara que quiere mantener el nombre, perfecto. Yo no lo recomiendo en el caso de España, no podría ser España. Dije Lusitania por la referencia histórica, pero igual habría que tener en cuenta otras posibles divisiones. Yo solo he pensado que las regiones que tienen una idiosincrasia más fuerte fueran las regiones de Iberia. La cosa es que el pueblo esté contento y tranquilo por fundar un nuevo país. O se hace con ilusión o no se hace.

—A mitad del libro, en el interludio, dices que Iberia sería la solución más acertada a los males que arrastra la península desde hace siglos. ¿A qué «males» te refieres exactamente?

Bueno, hay varios. El primero es que no hablemos entre todos los varios idiomas. Hay un muro entre las dos naciones actuales que no hay culturalmente, por ejemplo, entre España y Francia o con Italia incluso, aun estando más lejos. Otro es lo de no tener actualmente mucha fuerza para ciertas decisiones a nivel europeo, por ejemplo, decisiones agrarias o marítimas sobre las cuales, muchas veces, hemos sido ninguneados por los países más centroeuropeos como Alemania. Creo que con Iberia tendríamos más fuerza, sobre todo por los lazos con Latinoamérica, y tendríamos más relevancia unidos en Europa. Obviamente que estas son cuestiones sobre las cuales podemos ser un poco egoístas, sobre todo los españoles y algunos independentistas, pero aquí entra el concepto de solidaridad. Deberíamos importarnos más con lo que pasa al vecino y, a la vez de solo reivindicar el bien de nuestro rincón, reivindicarlo para todos. Yo sé que es contradictorio, pero la única manera de ganar en autonomía es uniéndonos.

—Entonces, si pudieras llevar las riendas de una Iberia hoy en día, ¿qué harías?

Mhm… El primer problema sería donde poner las capitales. Yo pondría varias, como en Sudáfrica, porque no se puede colocarla en solo una de las anteriores y no veo necesario construir una mega capital. Entonces, en un principio, haría dos capitales en Madrid y Lisboa, ya conectadas por el tren de alta velocidad, y haría una simbólica en Mérida por razones históricas y porque está entre medias, en un territorio muy desconsiderado. Pero seguro que Barcelona querría ser una más… En fin, habría que pensarlo mejor.

—En términos más sociales, enfocaría el estudio obligatorio del portugués y del español en los colegios, no solamente del idioma, sino de la literatura y de la cultura también. Mejoraría la ferrovía, claro, y promocionaría medidas de fortalecimiento de los lazos con el mundo íbero, por ejemplo, creando un instituto íbero como el Cervantes o el Camões. Uniría los problemas agrícolas de todo el territorio y los presentaría a Europa bajo un mismo planteamiento. Ah, y claro, eliminaría la monarquía porque el régimen sería una república. Así es, grosso modo, lo que se me ocurre.

—Volviendo al libro, ¿cuál fue el mayor reto a la hora de escribir sobre la Guerra Civil española? Supongo que fue difícil introducir cierta ligereza en la historia.

Pues hubo muchos grandes retos, pero el mayor reto fue contar toda la guerra. En un solo texto hablo de toda la guerra con 40 personajes, sin que el lector pierda el hilo de cada uno de ellos. Ese fue el reto, lo de contar toda una guerra y que el lector no se aburra, no desconecte, no se abrume, siga bien mentalmente cada lugar… Eso fue difícil, muy pesado.

Lo de hacerlo con algún humor no era mi intención. Ni hacerlo cómico ni ligero. Pero fue el resultado. En la novela hay partes de humor, de nacimientos, de sexo, de muerte, de todo. El humor sirve para suavizar la lectura, pero no era un objetivo. Yo no dije ‘David, tienes que meter el humor cada x tiempo porque eso va a facilitar la lectura’. Ni el narrador tiene que hablar con el lector para divertirlo.

—El narrador que eres tú, ¿o no?

El narrador fui yo, ya no. En esa labor he intentado la equidistancia, aunque no fue posible, porque quien se termina la novela se da cuenta, sin que el narrador se lo diga, de la intensidad y de las acciones de cada bando. Se sabe que el lado que verdaderamente da un golpe de Estado, el que provocó la guerra y la terminó con una dictadura, fue el bando nacional. No estaban los dos bandos por igual. Hay un momento al principio en el que no quiero decirlo tan directamente al lector, ‘oye, me caen mejor los republicanos que los nacionales’, entonces digo que ambos bandos se enfrentaron el uno al otro y ambos cometieron atrocidades, sin decir cuál de los dos comete más. Pero al final, ya infieres por ti mismo que la familia casi desaparece por el bando nacional. No hace falta que te lo diga como narrador. Aun así, algunas frases más neutrales las habría quitado. Pero ya no puedo hacerlo porque ya no soy ese narrador.

—¿Y qué opinas de que el libro se publique pronto en portugués?

¡Ah, es la mayor alegría! Para mí, el portugués era el idioma más importante para la traducción de este libro. Pero temo que los portugueses piensen que yo intento comerme su país y que defiendo anexionarlo. No, no es eso. Digo esto porque me han criticado ya. Un chico me dijo que le gusta mucho el libro, pero como portugués no le gusta porque no desarrolla la integración de Portugal. Tiene razón, no lo desarrollo lo suficiente. Hace falta escucharme para eso. Jamás defendería una anexión, ¡es absurdo! Yo mismo, para la creación de Iberia, estoy huyendo de la misma España que los portugueses odian. Lo que propongo es refundar un territorio con un nuevo espíritu desconocido para todos, pero totalmente igualitario entre regiones. Y insisto, la historia no es solo el pasado, sino también el ejercicio de pensar el futuro.

—Una idea que volveremos a ver en los próximos libros.

¡Claro! En todas las novelas que yo escriba no existirá España ni Portugal. Por ejemplo, en la siguiente que publicaré, que ocurre en Barcelona, yo digo que es una ciudad íbera, no una ciudad española. En mi cabeza literaria, España no existe.

—Al final, ¿qué es ser ibérico?

Yo digo íbero porque ibérico me suena a jamón. Pero bueno, esto es complicado… Yo no me siento de ningún lado, intento luchar para no sentirme así a nivel individual. Pero cuando voy al extranjero o escribo una novela, necesito asumir una identidad común. Y la íbera, en ese caso, es la que yo veo. Para mí significa hermanarme con las personas que me rodean, en el mismo territorio, para que la situación económica, social, lingüística y cultural sea más próspera. Luego, si tiro del romanticismo, significa sentirme de una tierra que tiene lazos no solamente por lo que une, sino también por lo que separa. Ese vivir de espaldas es un sentimiento que nos une también. Poniéndome aún más poético, significa tener el mar presente y tener otras culturas allende los mares. Incluso lo de salir a la calle a tomar vino, o la expresión de nuestros sentimientos mediante el fado y el flamenco, que son primos hermanos, también nos une. Y luego, respecto a Europa, somos quizás la tierra como más entre la felicidad y la melancolía. Eso me gusta, esa forma de ver la vida.