El exministro de Exteriores español, José Manuel García-Margallo, ha afirmado que “en la UE hay dos clases de Estados: los que son pequeños y los que todavía no saben que lo son”. Portugal lo sabe y España lo va sabiendo cada vez más.
Alcanzar el mínimo umbral de poder significa poder negociar de tú a tú con lo que hoy se configuran como las tres grandes potencias económicas o nucleares (poder duro), tales como Estados Unidos, China y Rusia. Según la coyuntura, se puede estar más próximo de una o de otra. Ahora parece que el equilibrio está en aproximarse un poco a China.
Segundo Cisma de Occidente
Recuerdo al profesor José Antonio González Alcantud comentarme que a Europa le faltaba dar el paso y reconocerse como “Imperio democrático”, lo que me despertaba una inquietud, pero hoy creo que logro entender la dimensión de esa asunción. Equivale a lo que Josep Borrell expresó de que “Europa debe aprender rápidamente a hablar el lenguaje del poder”. El nacimiento del nuevo Imperio europeo vendría a consecuencia tanto de la ruptura de Occidente, lo que me recuerda el cisma protestante de la cristiandad, como del ejercicio de la insubordinación fundante contra la pinza Trump-Putin y contra la histórica tutela/protección de Estados Unidos, otro Imperio democrático pero ortodoxo en su imperialismo. En estos momentos, Trump y Putin están intercambiándose propuestas de saqueo de recursos minerales y tierras raras de Ucrania.
Bajo mi perspectiva, Europa sería un Imperio con autocontención, es decir, que no ejerza el imperialismo a calzón quitado (que bien conoce por el canon de la Conferencia de Berlín) y que no homogenice internamente de forma nacionalista, pero -al mismo tiempo- que sea temido por otros imperialismos. Difícil.
Tanto norteamericanos como rusos no reconocen a América Latina, Iberoamérica o la Iberofonía como una civilización autónoma intercontinental (de base iberobarroca). Hay motivos plausibles e intereses hegemonistas que invitan a ello. Sin menospreciar el poder blando de la lengua, de los flujos migratorios y de la simpatía de los países hispanohablantes y lusófonos, lo cierto es que no se atisba una articulación política ni tan siquiera de América del Sur, ya no digamos de una unión económica y monetaria o de una distante defensa militar compartida en el Atlántico sur.
América Latina es un Imperio del futuro que nunca llega. La Latinidad hispanobrasileña es meramente poder blando, donde sólo Brasil ofrece una coordinación y consulta mutua geopolítica fiable. No obstante, la aproximación comercial que supone y supondrá el acuerdo UE-Mercosur es fundamental para un camino hacia un futuro poder duro conjunto. En algún momento habrá que hablar de cooperación militar. El ámbito del Mediterráneo y de la Unión Africana (UA) es muy frágil, aunque ese eje siempre tiene que ser desarrollado. Actualmente hay que estar muy presente en la presidencia angoleña de la UA.
Sabiendo que la convergencia iberoamericana pasa por Bruselas y de la debilidad de otras regiones limítrofes, a los ibéricos sólo nos queda -por el momento- Europa, con todos sus malos tragos y prejuicios, con las consiguientes infinitas críticas a las modernidades, pero sin duda un espacio privilegiado para la contracultura, el debate público y el pluralismo. Además, en el último lustro, la UE ha cambiado de actitud en relación al sur europeo, dada la crisis que viene del norte y del este.
En este contexto, con el retorno de los nacionalismos de obediencia trumpista, desde la ortodoxia surge el clásico problema de si existen grados de cesión de soberanía en el ámbito militar (monopolio de la violencia) sin que ello implique la disolución del Estado-nacional o la unificación de las jefaturas del Estado o de Gobierno.
Pese a no existir una conciencia nacional europea, la Unión Europea es un experimento bastante profundo y orgánico en lo institucional, comercial y monetario. No se puede frivolizar en ese sentido. Quien haga críticas, que mire sus “poderosas” alternativas posibles nacionales o, si son de otras regiones del mundo, que miren su grado de integración con sus vecinos. Muchos enemigos de Europa, entre ellos norteamericanos y rusos, junto con sus comparsas, critican a la UE por su debilidad política, pero rechazan que se fortalezca políticamente, ya sea en la constitución de unos Estados Unidos de Europa o de un Imperio democrático (en un intento de incorporar sin disolver).
Los enemigos de Europa quieren convertirla en una ruina griega visitable, pero me temo que las energías sociales internas -incluso dentro de la eterna decadencia y el natural menor peso en el mundo- garantizan la posibilidad de reconversión y seguir siendo una de las mejores zonas del mundo para vivir y trabajar.
Nuevo poder duro y poder blando para la UE
Quizá para superar la imagen de flojos y buenistas-colonialistas, los europeos deberíamos proyectar una imagen disuasoria en sintonía con una mística más próxima al mundo del pasado monárquico y revolucionario, utilizando todo ese patrimonio barroco de palacios reales/imperiales y todo ese patrimonio revolucionario de luchas sociales y contraculturales que ayudaron a Europa a tener una sociedad más equilibrada. Hay que huir de escenarios burocráticos o estéticamente neutros, y que las instituciones comunitarias se incrusten en lo que haya más espectacular del pasado imperial y revolucionario, aunque parezca paradójico. No es tiempo para perder el tiempo con postureo woke. Lo importante, en términos de justicia, es el contenido de la política del día a día y de la política exterior.
Ahora viene la alerta. Europa tiene suficientes demonios en el pasado como para que en una o dos décadas despertemos el temor de otras potencias, pero… ¿realmente queremos despertarlos? ¿son compatibles con el pluralismo? ¿podemos y queremos jugar con las mismas reglas de los rusos y norteamericanos? Existe, en ese sentido, un espacio gris, difícil de tomar partido, en un movimiento pendular entre lo autocrítico y la urgencia de la operatividad política.
La UE necesita interactuar más con África y América Latina, con alianzas de beneficio mutuo. En ese sentido, el fracasado modelo Françafrique no puede ser un referente; tampoco el modelo de mafias de mercenarios de Rusia. Los europeos necesitan invertir y emigrar más para esas regiones, y no sólo convertirse en receptora de inmigrantes (que por otro lado es señal de destino atractivo); incluso los nuevos europeos pueden retornar a sus países representando intereses mixtos. Es así cómo se va a poder solucionar los problemas de integración o de nuevas oleadas de inmigración por encima de las capacidades de recepción.
El camino heterodoxo de la actual pseudo-confederación de Estados Europeos, llamada Unión Europea, puede darnos la respuesta antes que los viejos manuales de política. Ese Imperio heterodoxo tendrá que desarrollar una política de poli malo, construyendo una heterodoxa disuasión militar que contemple una doctrina de defensa del este, del sur y del oeste de Europa; reduciendo la dependencia con la tecnología militar norteamericana; compartiendo el poder nuclear francés; creando unos temidos servicios secretos propios, sin disolver los nacionales, con capacidad de acción en todo el mundo; o diseñando escudos antimisiles e industria de drones, en fin, todo lo aprendido en la experiencia ucraniana. La UE puede crecer con la inclusión de Turquía, Ucrania, Armenia o -más remoto- Canadá, e, incluso, con una reincorporación del Reino Unido. De momento, los candidatos oficiales son Albania, Bosnia y Herzegovina, Georgia, Moldavia, Montenegro, Macedonia del Norte, Serbia, Turquía, Ucrania y Kosovo.
Iberismo
En la hipótesis de desintegración europea, que la veo muy distante, España y Portugal deben mantener su grado de integración mutua. El iberismo es puntal y, al mismo tiempo, contrapeso interno de la UE, y si falla, el iberismo también es alternativa a la Unión Europea para preservar sus logros y ampliarlos en el ámbito peninsular. El iberismo es un protoeuropeísmo, antes de la UE, que la refuerza por proponer una filosofía de cooperación reforzada en la península ibérica.
La UE ha supuesto un avance brutal en términos de cumplimiento de las tradicionales reivindicaciones del programa político iberista. Habría sido imposible el fin de los pasaportes y las aduanas, entre Lisboa y Madrid, sin la mediación de un proyecto desde Bruselas. Recordemos que quien encabezó la delegación española de las negociaciones de la entrada conjunta de España y Portugal a Comunidad Europea fue Fernando Morán, un iberista confeso.
El iberismo debe ser europeísta siempre que Europa nos ayude a hermanarnos con Portugal, siempre que haya espacio de disputa del liderazgo, sabiendo que no somos sólo europeos, y que cabe fortalecer -en paralelo- proyectos de convergencia mediterránea, iberoamericana e iberófona. Para el nuevo Imperio democrático de Europa, más allá de las presidencias rotatorias del Consejo de la UE, debemos exigir una capitalidad policentrista. Además de Bruselas (y Estrasburgo), hay que agregar un par de ciudades-capitales del sur de Europa, que bien podrían ser Lisboa y Roma.
Pablo González Velasco