Español Portugués, Portugal

En los últimos dos meses hemos asistido, en las redes sociales españolas, a numerosas muestras de admiración por Portugal. Bastantes españoles se han sincerado: desean nacionalizarse como portugueses. Incluso los hay que han solicitado una invasión portuguesa de España, para rendirse a continuación, y obedecer voluntariamene las órdenes de un centralismo lisboeta. Estas muestras de cariño espontáneo no son condición suficiente para alcanzar una conciencia iberista, aunque sí -estas actitudes lusófilas- son condición necesaria. No existe sentimiento iberista sin una filia por el vecino y por Iberia.

Que haya preferencias de españoles por Portugal o de portugueses por España es natural por la complementariedad y compatibilidad de caracteres atlánticos y mediterráneos, de mundos saudosos y trágico-cómicos. También es natural un cierto cansancio endogámico por el propio país.

Aquellos entusiasmados españoles que deseen ser portugueses y les guste el idioma: ¡Adelante! Que se apunten a clases. Que adopten compromisos. Que apoyen y se sumen al movimiento iberista. La mera lusofilia de ocasión se la lleva el viento. Su proceso de reflexión identitario debe continuar, también para aquellos que se les yuxtapone otro sentimiento nacional, no coincidente con el del Estado-nación. Un regionalismo ibérico e iberista es y será, sin duda, virtuoso para construir una comunidad fraterna de cultura, sin odio entre vecinos.

El paso de la lusofilia española o la hispanofilia portuguesa al sentimiento o conciencia iberista se produce cuando al mirar al vecino, podemos visualizar en un espejo el propio país o región. Este proceso de conversión supone un distanciamiento y un aprendizaje para amar al propio país de una forma más sana y antropológica.

En concreto, la lusofilia, en las redes sociales españolas, se ha expresado reactivamente por la idea del Iberolux de Rui Moreira, por la valentía de António Costa al denunciar la actitud holandesa hasta el punto de enseñar la puerta de salida de la Unión Europea a los Países Bajos, y por último, por la lealtad del jefe de la oposición del centroderecha Rui Rio con el Gobierno de Portugal. A estas admiraciones súbitas, hay que añadir las que siempre ha habido en estos últimos años a la antigua geringonça, y la tradicional curiosidad que despierta el país hermano, todavía desconocido por muchos en España.

No voy a ser yo quien pinche esos globos de enamoramiento pasajero, olvidadizo pero recurrente, que sienten los españoles, tanto de izquierda como derecha, por Portugal. Cierto es que es un país para admirar, aunque, desde el punto de vista del Estado de bienestar, posee una situación más precaria (copago sanitario), y del punto de vista de la renta, tienen en media un tercio menor, que España. No es menos cierto que la realidad española es variable según la región. Portugal se asemeja mucho a Andalucía por población y economía, como ha afirmado Pablo Castro. Si bien, hay que añadir que en Portugal la emigración siempre ha sido (en España, en ocasiones) la válvula de escape para tener tasas de paro reducidas.

Además de la propia riqueza cultural, Portugal tiene un Estado que mantiene una estrategia permanente que va más allá del partidismo interno. Como todo Estado-nacional sufre de ciertas endogamias entre sus élites, pero siempre mira lo que ocurre en el entorno para incorporar lo positivo y adelantarse a los acontecimientos.

Portugal supo actuar cuando había una clara transmisión comunitaria de coronavirus en la Península. El Estado portugués vio las barbas del vecino y tomó decisiones drásticas atendiendo que la Península es suelo nacional en términos naturales. La clásica asimetría de información entre España y Portugal, en beneficio de la segunda, les fue muy útil. Nosotros no hicimos lo propio con la hermana península itálica. La falsa y endogámica sensación de seguridad de las fronteras mediáticas nacionales nos impidió tomar conciencia de la cercanía de la pandemia. Tampoco la muy crítica Generalitat de Cataluña, que tiene abundantes conexiones con el norte de Italia, se percató, dado su ensimismamiento mediático. De Girona a Bergamo, hay menos de 1.000 kilómetros, pero la “culpa” es de Madrid.

Vivimos el paroxismo del odio por redes sociales por sectores de la ultraderecha española y sectores (hiperventilados) nacionalistas catalanes, emulando la estrategia trumpista neopopulista, que en nuestra iberofonía ya está suficientemente bien representada por el Gabinete del Odio del bolsonarismo, en nuestro querido Brasil. Según los relatos del odio, las muertes en Cataluña, España y el mundo son producto de una conspiración de La Moncloa y, por supuesto, perfectamente evitables por otro partido o estructura de poder.

Estos grupos endogámicos están haciendo un uso masivo, psicópata y necrófilo de redes sociales durante el confinamiento, que responde a los efectos secundarios del mismo. Twitter está viviendo en estos momentos una guerra de bloqueos mutuos y un festival de cuñadismo. Una pena que la UME no pueda desinfectar las redes sociales. En su lugar, el iberismo nos ayuda a desinfectarnos de teorías de conspiración y etnocentrismos.

He conocido a algunos (pocos) portugueses que quieren ser españoles por rebeldía frente Portugal, por un sentimiento de grandeza, y no por un sentimiento genuinamente iberista. Más frecuente, tal vez un tercio de la población, se encuentran aquellos portugueses que son iberistas en privado, pero lo disimulan en público. Están dentro de un armario para protegerse del qué dirán y del clima de sospecha antiespañol, que siempre alimentó el deep state portugués. El deep state español, por el contrario, no es antiportugués, pero sí paternalista, inconscientemente arrogante e ignorante, y carece de una estrategia sostenida en relación a Portugal. Esto es percibido en Portugal como una actitud de desdén, lo que en reciprocidad se devuelve con prácticas no cooperativas.

Hay españoles en Portugal que se autoconvencen de la perspectiva nacionalista portuguesa, al igual que ocurre con muchos españoles en Inglaterra o en el norte de Europa, que comienzan a tener visiones de Tío Tom frente al protestantismo cultural. Se suele decir que, dado que nos gusta tanto Portugal, mejor no contaminarles con nuestro cainismo político. Un historiador ibérico relativizaría esas afirmaciones por el constante paralelismo histórico asincrónico que tienen ambos países, pero también es cierto que la propuesta iberista en estos momentos pasa por el pragmatismo de una institucionalidad cooperativa, sin transgredir las actuales constituciones nacionales.

El iberismo es, finalmente, un sentimiento de reencuentro con nosotros mismos y de saudade de una utopía, cuyo camino La Raya siempre nos muestra. Una utopía que debe materializarse con una entidad ibérica que desarrolle tanto una estrategia de mínimos entre ambos Gobiernos, como una estrategia de máximos para la región rayana, la cultura y los medios de comunicación.

 

Pablo González Velasco es coordinador general de EL TRAPEZIO y doctorando en antropología iberoamericana por la Universidad de Salamanca