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Más allá de los debates del siglo XX, entre las acciones iberistas más impactantes destaca la Operación Dulcinea (1961), diseñada por la organización armada ‘El Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación’ (DRIL), cuyos integrantes eran ex militares portugueses y gallegos antifascistas.

El secuestro del buque portugués de pasajeros, Santa María, rebautizado como Santa Liberdade, quería provocar la revuelta del ejército portugués en las colonias. Tesis que parcialmente se verificó como correcta 13 años después con la Revolución de los Claveles. Y que tiene también paralelismos con el Pronunciamiento de Rafael del Riego hace 200 años por ser una revuelta de militares que no desean participar en guerras coloniales y que vuelven sus armas contra gobiernos autocráticos.

Sobre la marcha, la Operación Dulcinea cambió su objetivo. La idea inicial era tomar rumbo a la Isla Fernando Poo, por entonces Guinea española, para conquistarla y estimular la rebelión militar en las colonias portuguesas. Frente al Pacto ibérico (1942) por mera conveniencia de las dictaduras, mientras se mantenían ambos Estados aislados y azuzando los prejuicios por debajo de la mesa, el DRIL quiso hacer una llamada de atención a la opinión pública mundial, que finalmente consiguió, gracias a la neutralidad de Kennedy y la salida ofrecida por el nuevo presidente de Brasil Jânio Quadros.

EL DRIL abogaba por la federación de pueblos ibéricos, desde un patriotismo ibérico revolucionario, según sus documentos. Pepe Velo, autor intelectual de la Operación Santa Liberdade, diferenciaba entre España y Hespaña, desde una óptica galleguista e iberista. La primera la asimilaba a la España castellana uniforme y la segunda, Hespaña, a la plurinacional, a una Iberia sin fronteras.

En abril de 1976, la Liga Iberista Portuguesa, grupo de corta existencia, lanza un manifiesto donde europeísmo e iberismo son sinónimos de prosperidad económica tras el desastre de las guerras coloniales. Reconocen que en su seno hay partidarios de la formación de un “Estado Político Ibérico” y de uniones graduales de tipo económico. Ambas propuestas bajo la premisa de no diluir la nación portuguesa. Este iberismo portugués tuvo una conexión catalana que se denominó lusocatalanismo, en el contexto de la Revolución de los Claveles y el impulso de lusófilos y anarquistas catalanes.

La política republicana Victoria Kent fundó junto a Salvador de Madariaga la revista Iberia para la Libertad en Estados Unidos, que cerró en 1974. En 1976 en una visita a Portugal se declaró partidaria de una «confederación ibérica».

Más allá de la historia del movimiento político iberista, cabe subrayar a quienes rompieron unas fronteras culturales artificiales y establecieron un diálogo ibérico. Como antecedentes, podemos mencionar al misionero jesuita español José de Anchieta (1534-1597) o el poeta y dramaturgo Lope de Vega (1562-1635), contemporáneos de la Unión Ibérica (1580-1640), donde ya hubo una promiscuidad cultural tanto estudiantil (más de 5000 alumnos portugueses pasaron por las aulas de la Universidad de Salamanca), como literaria ibérica (Gil Vicente, Camões, Cervantes…). Este fenómeno, en su vertiente literaria, se repitió en el el último tercio del siglo XIX, al calor de las crisis coloniales de Portugal y España y del crecimiento de la anglofobia en Portugal por el Ultimátum inglés.

Da cuenta de ello la Geração de 1870 y otros portugueses contemporáneos que forman parte de este movimiento académico en pro de la iberidad, es decir, de entender -desde la diversidad- que el mundo luso y el hispano tienen un mismo tronco cultural. Entre sus integrantes destacan Eça de Queiroz, José Felix Henriques Nogueira, Casal Ribeiro y Antero de Quental. Este último en su conferencia en el Casino de Lisboa Causas da Decadência dos Povos Peninsulares (1871) marcará un punto de inflexión para el iberismo cultural. Del lado español, encontramos a Leopoldo Alas Clarín, Marcelino Menéndez Pelayo, Valle Inclán, Emilia Pardo Bazán y Manuel Curros Enríquez. Oliveira Martins publica História da Civilização Ibérica (1879) que causa gran impacto a la Generación del 98 y al Regeneracionismo (Ganivet, Joaquín Costa, Unamuno y Menéndez Pelayo).

La generación del 14 (Ortega y Gasset, Américo Castro, Giner de los Ríos o Manuel Azaña), el novecentista Eugeni d’Ors, los lusófilos Ramón Gomez de la Serna, Carmen de Burgos y Ángel Crespo, así como del lado portugués, Fidelino de Figueiredo o el saudosista Teixeira de Pascoaes, continuaron con ese dialogo cultural ibérico. Desde Brasil destaca el antropólogo Gilberto Freyre.

Más recientemente los escritores Miguel Torga, Natália Correia, José Saramago, Günter Grass, Ian Gibson, Arturo Pérez-Reverte, Lobo Antunes y Eduardo Lorenço hicieron público su iberismo cultural, y -en algunos casos- también político. Eduardo Lorenço fundó el Centro de Estudos Ibéricos en Guarda (Portugal) que continúa activo, que sirve de enlace entre la Universidad de Coimbra y la Universidad de Salamanca. Otro centro importante es la Fundación Hispano-Portuguesa Rei Afonso Henriques (1994) que ha impulsado los intercambios transfronterizos.

Con la entrada de ambos países a la Unión Europea, la cooperación transfronteriza ilegal (contrabando) dio paso una cooperación institucional cada vez más sofisticada (Tratado de Valencia) hasta la creación de euroregiones y eurociudades, presentes en el derecho europeo como Agrupaciones Europeas de Cooperación Territorial (AECT).

Una de las novedades es la articulación de ‘La Raya’ como sujeto social a través de La Red Ibérica de Entidades Transfronterizas de Cooperación (RIET), creada el 23 de junio de 2009, en el marco de la cooperación transfronteriza europea, donde participan entidades empresariales, administrativas, universitarias y otras organizaciones de la sociedad civil.

Pablo González Velasco es coordinador general de EL TRAPEZIO y doctorando en antropología iberoamericana por la Universidad de Salamanca