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Las mujeres ibéricas, independientemente de sus lenguas o rostros son, desde siempre, una de las principales fuerzas motrices de esta tierra. Como todas las latinas, las ibéricas están ligadas a la familia, y a todo lo que las rodea. Siempre preparadas para cualquier situación, nuestras mujeres han destacado a lo largo de los siglos.

En nuestra historia común tenemos varios ejemplos de mujeres importantes, como es el caso de Carlota Joaquina (reina de origen español, que se casó con D. João VI); Inés de Castro (doncella de origen gallego, que se enamoró de D. Pedro, y que fue la protagonista de una historia que nos recuerda a Romeo y Julieta); Penélope Cruz, o Isabel de Castilla (la mujer que cambió la imagen de España) son sólo algunos rostros que, a lo largo de los siglos, han dado forma (y siguen transformando) las sociedades portuguesas y españolas. Son fuerzas motrices que hacen que nuestros países avancen y sean cada vez mejores, y más acogedores.

Al comienzo de la segunda década del siglo XXI, donde las mujeres comienzan a ocupar cargos de responsabilidad, y en donde el movimiento feminista tiene cada vez más importancia, podemos decir que se han logrado avances importantes. No obstante, todavía es necesario hacer mucho más (tanto en la península ibérica, como en el mundo) para que algún día lleguemos a una paridad entre hombres y mujeres. Las mujeres latinas, especialmente, las ibéricas, están cada vez más formadas (y son más independientes), pero aún ocupan un papel central en el hogar. Son las profesionales, y las cabezas de familia, las que piden más apoyo, tanto en casa, como por parte de sus gobiernos.

Cuando hablamos de mujeres en cargos empresariales relevantes, por mucho que estas sean cada vez más, aún son pocas. Por ejemplo, en Portugal sólo destaca un nombre femenino en las empresas cotizadas en el PSI-20 (bolsa de valores portuguesa); Claudia Azevedo, de Sonae. Y si hablamos de mujeres en política, por mucho que tengamos la ley de la paridad, estas todavía se cuentan con los dedos de las manos. Tanto las jefas, como las trabajadoras de las fábricas, hacen el mismo trabajo que sus compañeros varones pero, aún así, siguen cobrando lo mismo (este es un paradigma que empieza a cambiar).

El 25 de abril y el fin de la dictadura franquista, nos trajeron la tan anhelada libertad para sentir, hacer y pensar, pero quizá todavía no la habíamos alcanzado plenamente. Quizá, y con mucho pesar escribo estas palabras, aún existen personas de «primera» y de «segunda». Lo que nos gusta difundir en nuestras sociedades patriarcales son sólo algunas palabras bonitas que, de vez en cuando, vamos a buscar a nuestros viejos diccionarios.

Entonces, ¿qué es necesario hacer para que tengamos una nueva «ola» feminista?; ¿cuáles son las demandas de las portuguesas y de las españolas? Bien, para empezar, en un lado y al otro de la frontera se pide una igualdad real, que sobreviva durante un año entero, y que no sea sólo algo que se hace realidad en un día especial donde se nos ofrecen flores, y se nos dice la repetitiva frase de que «mujer es vida». No debe ser sólo un día de fiesta, debe ser un día de recuerdo de todo lo que ya hemos conquistado, y de lo que queda por conquistar.

En las manifestaciones que han llenado las capitales mundiales (quizá no tanto como en otros años, por culpa del Covid-19), mujeres y hombres de todas las edades y estratos sociales piden una mayor lucha contra situaciones de discriminación o desigualdad en el trabajo y, como es obvio, cero transigencias ante cualquier tipo de violencia de género. Cuando hablamos de violencia doméstica, uno de los grandes males de nuestra sociedad, Portugal sigue teniendo cifras que deberían avergonzar a nuestros gobernantes.

Ya no estamos en 1950, donde era normal que el marido de doña María le diera una gran paliza. Desde entonces, muchas cosas han cambiado. Las ocho horas de trabajo se regularon, y las enfermeras comenzaron a casarse, cosa que antes no podían hacer. El mundo ha cambiado, pero quizá no tanto. En 2019, 25 mujeres adultas murieron a manos de sus parejas. Desde 2003, mil mujeres españolas han muerto a causa de la violencia de género.

Por ellas, y por todos nosotras, el camino debe seguir recorriéndose para que un día tengamos una sociedad más igualitaria. Este parece ser un sueño casi imposible pero, como decía el poeta Antonio Gedeón, o sonho comanda a vida («el sueño dirige/gobierna la vida»).

 

Andreia Rodrigues es licenciada en periodismo por la Escuela Superior de Comunicación Social de Lisboa (ESCS) y es una apasionada de todas las formas de comunicación. Contar nuevas historias y descubrir nuevas culturas es algo en lo que trabaja todos los días.