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La derrota de Trump supone un debilitamiento del ciclo ascendente de la extrema derecha populista en el mundo. Portugal y España, así como la Unión Europea, han reconocido al presidente electo, Joe Biden. Brasil y México, todavía no. El recuento electoral ha seguido los procedimientos habituales y se ha extendido durante cuatro días agónicos por la alta participación y los Estados oscilantes. Una agonía que podríamos ahorrarnos si se aboliese el colegio electoral, tal y como defiende Bernie Sanders.

Aunque se pueda afirmar que, en términos pacifistas y de geopolítica, Trump no generó las guerras de Obama, lo cierto es internacionalizó “guerras civiles culturales” a través de twitter, que tuvieron su reflejo neofascista en los parlamentos del mundo entero. El pack trumpista incluía un aliento a las teorías de conspiración y la retórica de odio que imposibilita el debate público, pilar fundamental de la democracia. Con el coronavirus, los negacionistas, ya empoderados por la extrema derecha, pudieron ampliar su base social que normalmente es residual y no muestra en público sus opiniones.

Lo políticamente correcto ha sido un marco de las trifulcas tuiteras, donde las llamadas políticas identitarias, necesarias para empoderar minorías, ampliar derechos y aumentar la conciencia solidaria de privilegiados, -en su exageración- también han contribuido a imposibilitar debates públicos con estrategias de cancelación. Lo cual alimenta al trumpismo que defiende la ofensa sistemática a minorías convirtiendo lo políticamente incorrecto en una virtud. Algo que es una aberración desde el punto de vista de mejorar la convivencia democrática en términos de diversidad e interculturalidad.

Voy a aprovechar este artículo para reflexionar sobre el papel del periodismo, donde incluso en Estados Unidos tiene un papel extraordinario (cuarto poder) hasta el punto de ser en la práctica la autoridad central electoral y quienes, junto a las redes sociales, pusieron límite al presidente Trump por desautorizar al propio sistema electoral, que ambos partidos siempre acataron. En particular hablaré del debate lanzado por Glenn Greenwald, que cuenta con un Pulitzer.

Glenn Greenwald es un abogado y periodista estadounidense, radicado en Rio de Janeiro desde 2005. En junio de 2013, a través del periódico británico The Guardian, Glenn Greenwald fue uno de los periodistas que, en alianza con Edward Snowden, desvelaron la existencia de los programas secretos de vigilancia global de Estados Unidos, efectuados por su Agencia de Seguridad Nacional (NSA). También reveló, en Brasil, las prácticas ilegales de coordinación ilícita entre fiscales y el juez Sergio Moro para condenar a Lula sin pruebas.

Glenn cofundó el periódico The Intercept en 2013, con Laura Poitras y Jeremy Scahill. El capital inicial lo puso el millonario Pierre Omidyar de eBay. Actualmente, días antes de las elecciones de Estados Unidos, Glenn se ha desvinculado de The Intercept, por supuesta censura en nombre de una libertad de expresión absoluta que, según sus declaraciones, estaba incluida en su contrato. Sus editores dijeron que fue edición del texto.

Concretamente, Glenn Greenwald realizó un movimiento forzado al publicar, en la víspera de las elecciones, la noticia recalentada de los emails de Biden sobre supuesto tráfico de influencias (no demostradas) de su hijo tras ser contratado (algo público y turbio) por el Gobierno de Ucrania. No era una novedad, pero para Glenn su publicación era una obligación periodística en nombre de la libertad de expresión (sin límites) y de una deontología frente a una perspectiva consecuencialista. La “verdad” frente a la “conveniencia”, aunque esta última fuese la mayor tragedia del mundo. Así lo ha defendido, pero parece que tiene más que ver con no ser acusado, por medios de extrema derecha como Fox News, de haberse callado por estar asalariado de un medio que pide el voto para el Partido Demócrata. Glenn es sensible a esto porque tiene muchos lectores en la extrema derecha.

Esta maniobra, de Glenn, le sirvió para lanzar una campaña de marketing para un nuevo proyecto periodístico y capitalizarse como “periodista independiente”. Glenn es aquel tipo de periodista-héroe que purifica la sociedad, desde cierto moralismo y quijotismo. No se puede negar de que se trata de un gran periodista, pero su idealismo se confunde con vanidad y tacticismo oculto. Tambien conviene añadirle un odio al Partido Demócrata, entre otros motivos, porque fue injustamente perseguido. Lo que supone no tanto una independencia, sino una dependencia negativa.

La habilidad de Glenn estriba en combinar un marketing sensacionalista con cierta consistencia investigativa (no siempre). Al fin y al cabo, se trata de vender información para quienes no quieren ser engañados. Si bien entre los engañados puede haber algún lector moderado ocasional y muchos lectores críticos (trumpistas y anticapitalistas) con los medios hegemónicos. Glenn busca grandes escándalos para gritar que el rey está desnudo. La virtud del periodismo, desde esta perspectiva anarcoliberal, es la de ser tanto sistemáticamente irresponsable, como permanentemente opositor a todo Gobierno que esté en el poder, algo que nos recuerda a Pedro Jota o en el caso brasileño a Reinaldo Azevedo, y en la prensa británica, Jeremy Paxman. También sería el caso (en el sentido de atacar a los suyos), aunque de una forma vulgarizada por hooliganismo futbolero, de Eduardo Inda, en los casos contra el rey emérito Juan Carlos I y el PP.

Glenn es de aquellos periodistas que tiene varios públicos-objetivos simultáneos. Su periodismo es independiente por compensación y por relevos, dando de comer a los nichos de mercado de la extrema derecha y la extrema izquierda, apuntalando un discurso anti-hegemonista contra los medios de comunicación comerciales y liberales. No obstante, cuando consigue un escándalo, consigue acercarse al centro del espectro y aliarse con los grandes periódicos para poder divulgar sus investigaciones. Normalmente son filtraciones que le entregan en mano.

La línea editorial de Glenn, antes de hacerse famoso, era cercana a los republicanos, hoy en día simpatiza con Bernie Sanders, e incluso su marido, David Miranda, es diputado en el parlamento brasileño por el PSOL, un partido asimilable a Izquierda Unida. No obstante, en el universo de Glenn, su militancia, antes que partidaria, sigue un estricto criterio de periodismo individual de denuncia y adrenalina. En estas elecciones ha dicho que sólo se alegra de la derrota de Trump porque debilita a Bolsonaro, pero reitera la idea de que son la misma cosa (Trump y Biden). Asimismo, ha afirmado que el supremacismo racial de Trump es un invento de la izquierda, lo que contrasta con las pruebas evidentes de que Trump cuenta con una tropa de choque callejera (Proud Boys, entre otros) que los ha motivado e incluso enviado mensajes tácitos. En medios de comunicación con público anti-trumpista, Glenn afirma que Trump es racista y tiene prejuicios, por tanto, las ambigüedades de Glenn pasan a ser un doble discurso según el público al que se dirige. Ese doble juego también mina su credibilidad, no tanto como periodista de investigación, sino como opinador.

Es cierto que las categorías de izquierda y derecha no son definitivas. De hecho, cuando se bebe de la misma fuente puede ser bastante aburrido, repetitivo, corruptible y empobrecedor. Se convierte en un abrevadero para un único ganado (por cierto, en Brasil está de moda la expresión “gado” para referirse a los seguidores fanáticos de un partido). Otros periodistas hacen un esfuerzo intelectual para ganar adeptos en la extrema derecha y extrema izquierda, sin poner las cartas sobre la mesa. Ocultan sus objetivos, a veces por tacticismo, a veces por cierta atracción fatal. Profetas del apocalipsis. En ocasiones se crea un ambiente sórdido cuando se comparte un espacio de argumentación y divulgación conjunta entre antagonismos nihilistas. Soros es el gran enemigo, haciendo una simplificación del funcionamiento del mundo. No son pocos esos periodistas carismáticos que ocupan un espacio parecido. Daré unos ejemplos. Pepe Escobar, un periodista de rock devenido en geopolitólogo, corresponsal de guerra y muy divertido. Iker Jiménez, que también bebe de las mismas fuentes y da de comer a las mismas orillas ideológicas que no quieren ser engañados por un poder oculto. Thierry Meyssan de Red Voltaire hace ese doble juego, o mejor dicho, ejercita una ambigüedad calculada. Una actividad que, a pesar de la simplificación narrativa, es legítima en el caso de que se muestren las cartas sobre sus objetivos políticos y públicos-objetivos, aunque no deja de ser peligroso porque plausibles hipótesis se confunden con tesis conspiranoicas. La geopolítica de futuribles es muy interesante y exige calibrar fuerzas en disputa, identificar tendencias soterradas y movimientos diplomáticos que no son públicos. Lo cual da pie, a veces de forma involuntaria, a invadir el género de ciencia-ficción.

Por el contrario, en el ámbito de lo voluntario, existe un paralelismo con las tácticas de Bannon o los hijos de Bolsonaro. En ocasiones cuando ejércitos de robots de internet se dedican a atacar la reputación de un enemigo del trumpismo-bolsonarismo lo hacen con una bifurcación: utilizando argumentos, de manera separada, para la extrema derecha y para la extrema izquierda, pero la matriz viene del mismo lugar. En el caladero de la extrema izquierda aparecen de forma camuflada o incluso hay quienes reproducen ese discurso de forma voluntaria y gratuita. El Gabinete de Odio de Bolsonaro hizo una estrategia similar cuando se deshizo políticamente de Sergio Moro.

Considero que lo más honesto es que todos los lectores conozcan la línea editorial de cada medio, los objetivos políticos y a los públicos que se dirigen. El lector así no se sentirá engañado y podrá hacer una lectura independiente de lo que nunca es independiente, aunque se vendan como tal e incluso de quienes consigan serlo financieramente de grandes corporaciones. Quienes se llenan la boca de ser independientes en lo financiero, pero después internamente no separan mínimamente opinión de información, y tienen una línea editorial férrea ideológicamente a un partido o idea, no pueden ostentar buen periodismo y credibilidad para hacer críticas en ese sentido. Esto también sirve para aquellos periodistas que persiguen un legítimo interés individual, pero no lo explicitan.

Lo normal es que la línea editorial se asuma de izquierda o derecha, más nacionalista o menos, ya sea más moderada o más militante. Hay quienes ocupan un espacio central de mercado, como por ejemplo la televisión y el periódico Globo en Brasil, que buscan “la independencia” marcando una agenda propia, liberal en la economía y las costumbres, recibiendo las críticas por neoliberalismo de parte de la izquierda, y críticas por progresista en la moralidad de parte de la derecha. Y precisamente en la recepción de la crítica de ambos polos, construyen el marketing de ser “independientes”, “neutrales” y “objetivos”. Los hechos y la deontología son secundarios para Globo. Sus límites son criterios de disciplina de mercado: publicidad y audiencia. El radicalismo sólo se asume cuando significa un crecimiento de mercado. Así ocurrió cuando la Globo apoyó el impeachment a la presidenta Dilma Rousseff. En ese sentido, el escenario pluralista, a pesar de todas las limitaciones y desigualdades, de España, que tuvo una importante transformación en el mandato de Zapatero, no es comparable con Brasil, donde por ejemplo la principal cadena Globo no entrevista a miembros del Partido de los Trabajadores y la Record, la televisión evangélica, pasó de un sutil apoyo a una militancia abiertamente ultraconservadora anti-PT. Brasil también carece de una televisión pública potente. Por esa limitación de pluralismo y por el espíritu de participación en redes sociales, en Brasil existen potentes canales de televisión de izquierdas por Youtube (247, DCM, Revista Fórum, Rede TVT,…). Algo que Pablo Iglesias en España fue pionero hasta que llegó al Parlamento.

En nuestro caso, la línea editorial de EL TRAPEZIO es clara. Nos dirigimos a la iberofonía. Somos transversales en un sentido amplio, desde el centro, hacia derecha e izquierda, con más peso de la izquierda porque es un reflejo del propio movimiento iberista y por la coyuntura partidaria de ambos Gobiernos ibéricos. Con un compromiso claro de alentar y valorar la coordinación institucional (y de sus sociedades civiles) entre España y Portugal, EL TRAPEZIO apoyará a aquellos Gobiernos de izquierda o derecha que la hagan realidad. El objetivo está claro: superar la frontera mediática. En nuestro afán diario está siempre ordenar internamente lo que es noticia y opinión, dentro de una interpretación ibérica, respetando a ambos países. Es decir, una objetividad dentro de la subjetividad insalvable pero explícita.

Para quien abre un medio de comunicación o hace periodismo son exigibles dos cosas: un mínimo de profesionalidad y poner las cartas boca arriba sobre la línea editorial, los objetivos políticos y los públicos-objetivos. Superado el cinismo, todo periodista sabe que siempre existen límites subjetivos entre lo pragmático y lo utópico, entre los intereses propios y ajenos, así como límites en la pluralidad interna de cada medio. Son elementos naturales, pero conviene ser explicitados para tratar como adultos a los lectores, y no introducir más engaños a la ceremonia de confusión del debate público. Y ante esa desnudez ideológica del periodista, el lector debe agradecerlo con confianza y comprensión, sin condenar ad hominem por razones ideológicas al periodista. A fin de cuentas, periodistas y lectores son ciudadanos que deben mantener una mirada crítica y ética de la dinámica política entre actitudes, acontecimientos y sus consecuencias.

Pablo González Velasco