Español Portugués, Portugal

El artículo de esta semana trae un profundo suspiro, de los que damos cuando contemplamos el mar. Esto es lo que miles de personas han hecho en Nazaré, donde su propio cañón provoca olas gigantes. Un atractivo turístico que, en los últimos años, ha generado en la región una auténtica industria del surf de olas gigantes; donde siempre hemos podido contemplar imágenes bellísimas que recorren el mundo, pero esta vez ha sido por una razón menos positiva.

Este recuerdo ha sido un rodeo espontáneo, ya que no era ninguna competición deportiva (contrariamente a la prueba de F1 en Portimão, donde el público no respetó las reglas impuestas por la pandemia), pero que ha permitido que esas personas, en Nazaré, olvidaran el estado de la nación. Pero, ¿en qué estado estamos?

En los últimos días, el presidente de la República se ha reunido con los antiguos ministros de Sanidad y, al leer estas líneas, podríamos estar viviendo ya en un nuevo estado de emergencia, a semejanza de lo que está sucediendo en España, Francia o Bélgica. Sólo que menos restrictivas; más suaves.

Los dirigentes de Portugal apelan al sentido común de una población que ya no sabe a dónde mirar, y empieza a pensar en una Navidad (palabra que van a escuchar, aviso desde ahora, varias veces en este artículo) alternativa, donde el bacalao con toda la familia va a ser sustituido por el bacalao con algunos pocos, y los calcetines como regalo van a dar lugar a las mascarillas reutilizables de Modalfa.

En el 70% del país, las ferias están prohibidas y las tiendas cierran a las 22:30 horas. ¡Y yo que pensaba que, en la calle, donde se hacen esos mercados, no corríamos tanto riesgo de transmisión! Debo felicitar al Ayuntamiento de Cascais, que ha optado por eximir de la tasa de pago a todos los comerciantes, y va a comprar el stock que tienen. Una iniciativa que puede parecer sencilla, pero que ayudará a mucha y buena gente. ¡Es necesaria más acción!

Aquí, en nuestro burgo, comenzamos siempre con el retraso de la costumbre; siguiendo las «modas» europeas, y no me refiero al uso de la mascarilla. Hablo de la manifestación que se ha producido en contra estas protecciones faciales, y las teorías conspiratorias que todos conocemos, y que inundan las redes sociales.

Cuando leemos las diferentes publicaciones parece que el mundo se divide entre «covidianos» y «covidiotas». Pero, ¿quién soy yo? Alguien con nostalgia, esa palabra tan portuguesa. En palabras típicamente portuguesas, ¿han notado que en todas las conversaciones que tenemos es necesario introducir, aunque sea una sola vez, la palabra «gajo» (tipo/tío)? Es como un distintivo que usamos en forma orgullosa. Era este o un gallo de Barcelos, pero Lando Norris tuvo esta idea antes (quien haya seguido la última prueba de F1 en Portugal, se dará cuenta de esta inside joke – broma interna).

Ahora que estamos claramente en medio de una segunda ola (e aquí, la alusión al mar, en el inicio del artículo), la idea del milagro portugués ha caído por tierra y la fuerza; desvanecida en las arenas del tiempo. Con jóvenes, y menos jóvenes, con nubes negras en la cabeza. Y es normal que todas las oportunidades sean buenas para relajarse. Es en esta pequeña pausa cuando que notamos cómo las pequeñas cosas acaban adquiriendo un significado diferente. ¿Alguna vez han pensado que todo lo que era normal en enero, febrero o a principios de marzo ha adquirido un nuevo significado ahora en noviembre?

Las elecciones son un excelente ejemplo de ello. No hablo del pleito azoriano o del enfrentamiento entre Trump y Biden. Si quieren saber lo que puede pasar en los Estados Unidos, y cómo puede afectar a la península ibérica, les invito a leer el artículo que ha hecho Pablo González. Este artículo nuestro habla de elecciones más grandes y más importantes. En plena pandemia, y con el país registrando cifras récord (sólo en el día de hoy, ha habido 4.000 infectados), cerca de 38.000 personas han hecho colas de varios kilómetros, y en varios puntos del país (en las islas y en el extranjero la votación se ha realizado de forma electrónica), para elegir al presidente del Benfica.

Sé que parece extraño mezclar el deporte en medio de la representación más democrática que existe, pero hacer colas de horas para votar en una situación como esta no es una representación de vigor. No sé lo que es. Espero que, en las presidenciales de enero, la carrera electoral sea tan concurrida como la búsqueda de la vacuna de la gripe o El Dorado.

Desafortunadamente, hemos llegado a Halloween con nuestras mascarillas (si quieren, y si usan las clínicas, siempre pueden hacer unos dibujos) puestas, y la taza de dulces sólo para nosotros, ya que este año los niños no van a salir a la calle a pedir el «pan por Dios». Este año, los dulces se han quedado en casa. Los más dados a las historias de terror siempre se entretendrán viendo las cifras de la covid-19; haciendo cuentas para calcular el tamaño del agujero presupuestario, o recordando el 1 de noviembre de 1755, fecha que arrasó Lisboa, el país, y que provocó uno de los mayores maremotos en el Atlántico; sentido, incluso, en Brasil.

Esas actividades tan normales, como ir de compras, acaban convirtiéndose en una aventura, y aún no hemos llegado a la Navidad. Para proteger las fiestas navideñas (no es por nada, pero daba para un buen título de una película), nos quedaremos en casa los próximos días. Esta prohibición de salir del municipio es similar a la de Pascua, pero con más brechas que el queso suizo. La frontera con España se mantiene abierta, aunque si está haciendo turismo o tiene un billete comprado para algún espectáculo, puede moverse con facilidad. Ya si quiere ir a un cementerio o a otro lugar de culto, no puede hacerlo. Lo mismo sucedió en Pascua. ¿Trump y Bolsonaro tienen razón y no estamos ante el «virus chino», sino ante un «virus comunista» que disfruta de actividades deportivas o partidistas, pero que odia la religión?

Lo de que este virus no es muy beato se ha dado cuando el Papa Francisco, que se trasladó a una iglesia en Roma, a una iglesia que estuvo ligada al «milagro» que dictó el fin de la peste negra en Europa. Por desgracia, parece que no hemos tenido la misma suerte que Wuhan, y vamos a vivir en esta situación unos meses más hasta que aparezca una vacuna, lo que puede ocurrir durante la Presidencia portuguesa de la Unión Europea.

Es así, con un poco de humor negro, que miramos lo que tenemos, lo que teníamos y… Estamos en otoño, los días son más pequeño; fríos, y para calentarnos nos quedan las castañas calientes.

Aquí, junto al mar, pienso en mi añorada Lisboa, y recuerdo cuando era pequeña. Uno de mis recuerdos más antiguos, durante la Navidad. Las calles estaban iluminadas y nos habíamos ido de compras. En ese momento no había pandemia alguna que hiciera que se controlara la entrada en las tiendas. Recuerdo que hacía mucho frío, y me encantó el olor del humo y el hollín que envolvía aquella figura tan lisboeta; que ya ha sido cantada por nombres mayores de la música lusófona, como es el caso de Carlos do Carmo o Martinho da Vila.

Antes de terminar este espacio, y como no sé si tendré tiempo de escribir un nuevo artículo de opinión antes del «Día D», quisiera aprovechar para desearles a mis niños mis felicitaciones. Han pasado 17 años desde el día en que me llamaron para decirme que habían nacido gemelos (que, en realidad, no son tan parecidos. Lo que es bueno, porque si lo fueran, creo que nunca sabría cuál es el correcto). A partir de ese día, me convertí en hermana mayor, algo que, admito, no ambicionaba, pero desde entonces he intentado estar a su lado siempre que he podido. Creo que podría, y desearía, haber hecho mucho más, pero casi al llegar a la edad adulta, ya se habrán dado cuenta de que, por desgracia, la vida no es un cuento de hadas. Me caen muy bien, y les doy un consejo, nunca olviden detenerse y mirar al mar. ¡Es un buen amigo!

A todos los que han leído el artículo hasta ahora, me disculpo por el tono sentimental final, y… ¡Hasta la próxima!