Liberales afrancesados versus liberales iberistas

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En torno al Dos de Mayo siempre vuelven viejos debates. Me vienen a la mente las palabras de Fernando Trueba, Willy Toledo o Pérez Reverte favorables a una ocupación militar francesa de la Península por razones de modernización o democracia. Hace pocos años, la resistencia española (e ibérica) contra los franceses fue comparada, por el economista norteamericano Paul Krugman, con la resistencia afgana a las tropas estadounidenses que exportaban en teoría la democracia a bombazos, destruyendo el patrimonio local entre otras barbaridades.

Los franceses supieron atraer a la burocracia “afrancesada” española. Tenían un camino allanado y abonado. Desde la llegada de los Borbones, las ideas francesas hacían las cabezas de las élites españolas. Evidentemente había ideas que -adaptadas al país- eran positivas. Lo más grave fue el olvido de la historia de España pre-borbones, la adopción acrítica de la modernidad burguesa y la subordinación geopolítica y cultural a Francia.

Lo que no tiene ningún sentido es que hoy en día haya gente que reste importancia a la valentía de quienes no querían ser gobernados por el hermano de Napoleón. Los esfuerzos de resistencia de la Junta Suprema Central y Gubernativa del Reino, y después del Consejo de Regencia de España e Indias, y finalmente de las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812, suponen una inteligente fagocitación de ideas del enemigo, apropiándose del liberalismo francés, pasado el filtro del pensamiento tradicional español (en el buen sentido de La Escuela de Salamanca y las mejores herencias culturales, especialmente venidas del ámbito del Mediterráneo), y -claro- desde la soberanía nacional. Cuando se exporta el nacionalismo, es natural que se reproduzca y le salgan competidores. Esto también pasó en América.

El prestigio de la Constitución de 1812 y del liberalismo español del siglo XIX fue muy importante en todo el mundo, especialmente en el mundo iberoamericano e italiano. Sobre la resistencia a la ocupación francesa hay que hablar de Portugal. Incluso en las Cortes de Cádiz se debatió una posible regencia de Carlota Joaquina, reina consorte del Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarve. En teoría, la ocupación iba ser un paseo del ejército por la meseta castellana hasta el país luso para doblegarlo por resistirse a la estrategia del bloqueo continental contra Gran Bretaña a fin de ahogarla financieramente con un embargo comercial, algo que recuerda a las sanciones de la Unión Europea contra la Rusia de Putin. Gran Bretaña pudo sortear -en parte- el bloqueo comerciando con las Américas.

La llamada Guerra del Francés tenía un componente de restauración de la soberanía, algunos viéndola en la cabeza del monarca y otros en la soberanía nacional, a través de la Constitución de Cádiz. Asimismo, esta Guerra también tenía un doble componente peninsular, dado que la ocupación era de toda la Península, y -por otro lado- si reducimos a dos grandes frentes la lucha contra el francés, tendremos uno desde sur, en paralelo al mediterráneo, protagonizado por los españoles, y otro, entrando por Almeida-Fuentes de Oñoro, formado por ingleses, portugueses y españoles, y dirigido por Arthur Wellesley, primer duque de Wellington. El primer frente español consiguió una importante victoria en Bailén (Jaén), del mismo modo que el ejército anglo-luso-español hizo lo propio en Arapiles (Salamanca).

Precisamente la experiencia de camaradería ibérica, en las trincheras de ese frente desde Salamanca que se dividió a Madrid y a Vitoria, es la que sentó las bases de una fraternidad mutua y compañerismo liberal entre españoles y portugueses que alimentó, en parte, la primera hornada del movimiento iberista que fue protagonista del Trienio Liberal en España. En 1820, los liberales iberistas dieron una amnistía a los liberales afrancesados. Desde el Estado, los liberales tenían que acumular fuerzas frente al absolutismo de Fernando VII que se impuso -finalmente- con otra intervención francesa.

Los liberales españoles ofrecieron ayuda a los portugueses a fin de liberarse de la ocupación inglesa con la Revolución de Oporto de 1820, de clara inspiración gaditana. Los portugueses se liberaron por sí mismos. Ese primer iberismo no se substanció hasta el exilio liberal y la aparición del candidato Pedro I de Brasil y IV de Portugal. Posteriormente, a través de Juan Álvarez Mendizábal y João Carlos de Saldanha, todavía resonaban los ecos de la guerra del francés en el iberismo de mediados del siglo XIX, con gran protagonismo de la opinión publicada de Lisboa y Madrid, hasta el cenit del sexenio revolucionario con la fracasada misión en Portugal de poner a Fernando II o a su hijo como rey de España. El asesinato del General Prim y fin del golpe llamado de la Saldanhada, puso fin a esa ventana de oportunidad histórica de unión ibérica.

Hay quien pueda decir que un afrancesado en España es como un “iberista” en Portugal. Un “colaboracionista” de una potencia extranjera. Lo cierto es que no. Son varias las razones. Prescindiremos de la razón de que existe una cultura peninsular en común por si alguno no está de acuerdo. Los iberistas españoles siempre pensaron en una unión liderada por un monarca portugués, con la aquiescencia de los portugueses, que de alguna manera tuvo un precedente con Felipe II, que tenía alma portuguesa. Hay más razones. Un “iberista” era antes un “aportuguesado” que un “españolizado”. En gran medida el pensamiento iberista fue creado por portugueses como recientemente ha reconocido el presidente de la República, Marcelo Rebelo de Sousa. Las Cortes de Tomar iniciaron una integración respetuosa de las instituciones del Reino, sin trocearlas ni fragmentar su territorio, y con una representación en el Consejo de Portugal. Quizá el símil admita un paralelismo remoto al final de la Unión Ibérica de Coronas cuando la ausencia del monarca era persistente y el proyecto de Unión de Armas violaba los acuerdos respetuosos de Tomar. En este caso, los defensores lusos de Felipe IV (III de Portugal) eran vistos como colaboracionistas de un rey extranjero.

En medio de la rivalidad entre las potencias francesa e inglesa, España y Portugal eran -al comienzo del siglo XIX- países marionetas de la primera y la segunda respectivamente. Una por una vieja alianza, otra primero por un pacto de familia y después una alianza tras el periodo convulso de la revolución francesa. Pensar en aquel tiempo una unión ibérica” contra Inglaterra era poco menos que imposible. Sin embargo, lo que no admite dudas es que la política de Napoleón fue desastrosa para las relaciones peninsulares y ahí está Olivenza como testimonio histórico.

No obstante, había un problema de fondo, de larga duración en términos de Braudel. Portugal y España ya estaban a rebufo del modelo protestante de modernización burguesa, siendo incapaces de trazar un camino alternativo, cuyos mimbres barrocos no eran pocos para ensayarlo. La división ibérica, o mejor: la ausencia de una alianza respetuosa entre las partes, puso más obstáculos a esa alternativa, que no implicaba un rechazo a las ideas de modernización burguesa, sino incorporarlas -previo filtrado- desde un modelo propio que funcionase.

El arte de la geopolítica es saber quién es el enemigo principal en cada momento histórico. España cometió el error de hacerse amigo, o contemporizar demasiado, con Napoleón. Quizá, para algunos, fuese la manera de evitar (o posponer) una guerra… inevitable. La consecuencia fue la fragmentación de Hispanoamérica, aprovechada por Inglaterra.

La geopolítica del Conde de Floridablanca, José Moñino, que no era ni anglófila ni francófila, era mucho más inteligente que la de Godoy, dado que Moñino siempre quiso preservar la amistad ibérica e incluso forjar una alianza. Lo consiguió, en un breve paréntesis, con el Tratado hispano-luso de San Ildefonso (1777), concretado en el Tratado de El Pardo (1778) y encarnado en la boda en 1785 entre (el futuro) João VI y la española Carlota Joaquina. El inicio del Tratado de 1777 comienza de este modo: “Habiendo la divina Providencia excitado en los augustos corazones de sus Majestades católica y fidelísima el sincero deseo de extinguir las desavenencias que ha habido entre las dos coronas de España y Portugal y sus respectivos vasallos por casi el espacio de tres siglos sobre los límites de sus dominios de América y Asia: fiara lograr este importante fin y establecer perpetuamente la armonía, amistad y buena inteligencia que corresponden al estrecho parentesco y sublimes cualidades de tan altos príncipes, al amor recíproco que se profesan y al interés de las naciones que felizmente gobiernan, han resuelto, convenido y ajustado el presente tratado”. La Guerra de las Naranjas (1801) confirmó el fin de la amistad diplomática hispano-lusa. Una amistad que sería defendida -posteriormente-, en términos políticos, por los liberales iberistas.

 

Pablo González Velasco

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