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Desde el principio de la historia, la emigración ha sido un fenómeno que ha tenido lugar en diferentes pueblos y naciones alrededor del mundo.

En Europa, el Tratado de Maastricht de 1992 dio inicio a la libre circulación de ciudadanos europeos por los países de la UE, abriendo fronteras a grandes movimientos migratorios a principios del siglo XXI.

El Reino Unido fue y sigue siendo un país de preferencia a la hora de emigrar. Según las estadísticas oficiales en 2018, 18.871 portugueses y 19.089 españoles hicieron las maletas en dirección a las islas.  Mostrando así que, a pesar de Brexit, este sigue siendo un país deseado por muchos.

 ¿Qué ofrece el Reino Unido que lo convierte en un destino deseable? ¿Será el clima?

El Reino Unido ha ofrecido infinitas oportunidades laborales, desde la hostelería, a la salud pasando por la educación, construcción y otras muchas ramas; el salario mínimo es de 8.21 libras esterlinas, unos 9.55 euros por hora. Los salarios en la mayoría de las profesiones llegan a duplicar, en términos nominales, a los honorarios recibidos en Portugal y a ser bastante superiores a los de España. Por otro lado, existe un sistema de ayudas sociales que beneficia mucho a matrimonios con hijos, madres/padres solteras/os, personas de edad e incapacitados, incrementando los ingresos a quienes tienen una renumeración más baja. De manera que el individuo pueda llegar a tener unos mínimos estipulados por ley, que permiten llevar una vida decente.

Todo esto hace que el Reino Unido sea un país donde los ciudadanos emigrantes se sienten amparados, protegidos. Un país donde se puede tener una familia y tener un proyecto vital, que en la península, es para muchos un imposible.

Podemos concluir que la inmigración sigue teniendo una motivación principalmente económica, y que la brecha de desarrollo entre la península ibérica y las islas británicas, ha variado poco en las últimas décadas. Todo sigue igual, o incluso podría decirse que peor

A pesar de todas las oportunidades, no todo es fácil para el inmigrante, y existen barreras que impiden a un importante porcentaje, progresar profesionalmente e integrarse socialmente.

Una de estas barreras y quizá la más significativa, es la lengua.  Cómo profesora de lenguas puedo acreditar que una parte de la inmigración lusohablante e hispanohablante, que generalmente tienen un nivel cultural de partida medio bajo, no consigue alcanzar un nivel de inglés suficiente,  como para progresar en el mercado laboral, o formarse en alguna especialidad, pese a llevar residiendo en el Reino unido más de una década.  Pero no solo la lengua crea un problema de integración, los aspectos culturales también pesan.

La comunidad de luso parlantes en Peterborough, ciudad cercana a Londres, esta constituida por individuos y familias enteras (de todas edades) que han estado llegando desde el principio del nuevo siglo.  La nacionalidad predominante en esta comunidad es la portuguesa, aunque encontramos una variante de etnias, religiones y culturas de orígenes de países tales como Cabo Verde, Timor, Guiné Bissau, Brasil, Goa, Angola, Mozambique, San Tomé y Príncipe y por supuesto Portugal.

En la comunidad hispana, existen grupos más pequeños de varias nacionalidades, venezolana, colombiana y otras nacionalidades.

El perfil de los emigrantes provenientes de España es algo diferente, en su mayoría son jóvenes, frecuentemente licenciados buscando oportunidades de futuro.  Aunque muchos llegan con un buen nivel teórico de conocimiento del inglés, la realidad es algo diferente, pues la dificultad fonética, en la práctica, frustra un avance profesional coherente con la formación inicial.

Es un hecho significativo el que las comunidades “iberófonas” pese a sus variadas procedencias, y niveles socioculturales dispares, tienen una especial sintonía a la hora de relacionarse y crear comunidad. Se trata de  aspectos culturales y sentimentales de los que hablaré con más profundidad en otra ocasión.

El Brexit va a cambiar las reglas del juego, nada volverá a ser como antes para la circulación de las personas extranjeras en el Reino Unido. Lo paradójico de todo esto es que todo va a cambiar, quizá porque nada cambió en los 27 años desde que se aprobó la libre circulación de personas, mercancías y capitales entre los países de Europa. Los países europeos han seguido manteniendo unos niveles de desarrollo tan diferentes como los tenían en 1992, y eso se ha demostrado incompatible con mantener las fronteras abiertas de par en par.

Y en cuanto al clima… eso es otra historia.

Sandra Ringler es experta en intervención en guerras y conflictos.