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Presentamos hoy desde EL TRAPEZIO un artículo de dos de los principales promotores en España de 89INICIATIVE (https://89initiative.com/), un think tank paneuropeo, ya presente en varios países. Este grupo tiene por objetivo revitalizar el proyecto europeo a través de nuevas ideas, proponiendo soluciones radicales para enfrentar los principales problemas del continente. 89INCIATIVE es la expresión de una generación joven, que quiere hacer su contribución al gran proyecto europeo.

Borrando la Raya

Análisis de la integración ibérica en perspectiva histórica y en clave europea.

David Rodas Martín y Nicolás Palomo Hernández 

Aunque un análisis jurídico lo considere inútil, conviene prestar atención a los preámbulos de los textos legales, especialmente en clave política e histórica. “El 25 de abril de 1974, el Movimiento de las Fuerzas Armadas derribó el régimen fascista”. No es poco que la Constitución del 76 de la República portuguesa comience de esta manera. Cuenta como la carta magna de los lusos fue escrita tras un proceso revolucionario que permitió que las bases legales del país se sustentaran en la libertad, la justicia, la solidaridad, el anticolonialismo y el antifascismo. No es poco.

Una mirada rápida sobre el preámbulo de la Constitución española del 78 delata una génesis bien diferente. Contención formal, menciones a la “Nación” y no al pueblo, libertad en compañía de seguridad. Los ingredientes que conforman el frontispicio del texto español dan cuenta de una salida de la dictadura lenta, una correlación de debilidades donde desde sectores del régimen franquista hasta el PCE y el Movimiento Obrero pudieron dejar su impronta. Una constitución revolucionaria y rupturista frente a una constitución parca, sin grandes alegatos, hija de un empeño reformista. Una constitución que bebe más de la constitución antifascista italiana y una constitución nacida al amparo de la Ley fundamental de Bohn.

El contexto internacional es parejo: auge de los Estados del bienestar europeos, rescoldos de la crisis del petróleo de 1973, aturdimiento de la izquierda comunista tras el fracaso de la experiencia chilena… de ahí que ambos textos mantengan un compromiso más o menos tácito con el rol activo del Estado en la economía y una aspiración expresa de justicia social: Europa era eso y a Europa había que parecerse. No es inoportuno, por tanto, acercarse a cómo los dos Estados ibéricos más grandes establecen lazos de fraternidad y cooperación, difuminan sus fronteras (la antigua y tradicional “Raia”) y confluyen estratégicamente en el tablero europeo y continental, desde el contenido dogmático de sus textos constitucionales. A su vez, condicionado por las experiencias de salida de la dictadura de ambos países.

A su vez, empapadas de lo que significaron aquellos regímenes autoritarios. A su vez, envueltos en una tradición histórica, política y cultural que hunde sus raíces, al menos, en los primeros compases de la Edad Moderna. Pero, centrados en los modelos institucionales que a día de hoy deberían promover esta integración transnacional, es obvio que, a partir de las experiencias constituyentes ibéricas, podemos construir una narrativa que permita explicar el pasado, presente y futuro del iberismo.

Para tratar de abordar este problema, se debería comenzar por lo esencial en política: los mapas, el territorio. España, en sus años de democracia ha sufrido, a grandes rasgos, un drenaje imparable y autocomplaciente hacia la ciudad-Estado (expresión prestada del periodista Enric Juliana) de Madrid mientras mantenía, más o menos obsolescentes, puertos importantes de resistencia económica y demográfica en la periferia: Bilbao, Sevilla, Valencia y Barcelona. Con mirar un mapa, basta: clara componente este. Ninguna ciudad extremeña, leonesa o gallega.

El oeste español se abandona, el este florece y la brecha hispano-lusa (como consecuencia lógica, si se observa) se agranda. Sumado a esto una deficiente comunicación ferroviaria (será interesante observar cómo progresa, en este sentido, la línea de alta velocidad Lisboa-Madrid) que ha primado la conexión centralizada en la capital del Reino, es entendible que, como afirma el anecdotario popular, para la ciudadanía portuguesa, el acercamiento a España sea poco más que un fluido comercio entre las localidades rayanas (localidades limítrofes entre España y Portugal), en Extremadura y Galicia principalmente. Es entendible, también, que toda discusión española, gire en torno a los dramas territoriales y en la jaula de grillos, también llamada agenda mediática, de la prensa madrileña: ¿qué español se va a parar a pensar en alianzas con los vecinos lusos?

Sin embargo, si se observan mapas, no todo son malos augurios para la integración ibérica. Dejando de lado la historia común, la proximidad cultural o los procesos constitucionales tras sendos regímenes autoritarios, algo distingue a ambos países: el interés mutuo por formar parte del proyecto europeo. La incorporación conjunta de la República de Portugal y del Reino de España a la entonces Comunidad Económica Europea en 1986, es buena prueba de ello. La Unión Europea ofrece un marco estable en el que integrar las relaciones hispano-lusas, así como la institucionalización de la cooperación entre ambos Estados. A este respecto, y como ya se ha comentado, estas relaciones se escenifican principalmente entre las localidades rayanas y las regiones adyacentes de ambos Estados, para lo que las eurorregiones son esenciales.

Las eurorregiones representan estructuras permanentes de cooperación entre entes regionales transestatales de la Unión Europea. Si bien dichas estructuras son meramente de carácter económico y cooperativo, y carecen de autonomía formal, ofrecen una interesante propuesta de integración transestatal basada en elementos plausibles, pudiendo suponer un estadio previo y necesario a la integración europea y, de llevarse a cabo con inteligencia entre las regiones españolas y portuguesas, ibérica. Dicho de forma clara: la suerte de la integración ibérica pasa por una real, democrática y efectiva integración europea.

Ya en el 2003, el socialista Pasqual Maragall, entonces president de la Generalitat de Catalunya, proponía la creación de una eurorregión que incorporara los territorios que conformaron, en menor o mayor medida, los territorios de la antigua Corona de Aragón. Evitaba, de paso, remover el fantasma del pancatalanismo, ampliando su expansión territorial más allá de los territorios de habla catalana, de los Països Catalans, con la incorporación de Aragón al proyecto de eurorregión. Fruto de esta propuesta nace la Eurorregión Pirineos-Mediterráneo, conformada por Languedoc-Rousillon y Midi-Pyrénées en Francia, y Cataluña, Comunidad Valenciana e Islas Baleares en España (Aragón decidió abandonar el acuerdo en 2006). Regresando al oeste, son numerosas las eurorregiones compuestas por territorios fronterizos de los dos grandes Estados ibéricos. Son los casos de la Eurorregión Galicia-Norte de Portugal, la EUROACE (Alentejo – Região Centro – Extremadura) y la EUROAAA (Alentejo-Algarve-Andalucía).

Como demuestran dichas eurorregiones, la reciprocidad de las relaciones hispano-lusas es innegable, lo que sigue manteniendo rescoldos latentes en la llama del iberismo. El apoyo al proyecto europeo es evidente en ambos países, un apoyo que se mantiene estable a pesar de que tanto Portugal como España fueron dos de los Estados europeos más afectados por la Gran Recesión (veremos, aunque ya existen datos algo inquietantes al respecto, cómo reacciona la población a las medidas adoptadas ante la crisis de la COVID-19 por la UE), y donde la aparición de grupos euroescépticos ha sido, en gran medida, residual (atención a la aparición de Vox en España y de Chega en Portugal). Por si fuera poco, en este camino paralelo, la socialdemocracia ha conseguido consolidarse en ambos ejecutivos, a diferencia del resto de los países de la UE, donde la crisis redujo a cenizas a los partidos socialdemócratas tradicionales. ¿Cómo? Presentándose en gran medida como alternativa a la austeridad y garante del proyecto europeo, con los jefes de gobierno actuales de Portugal y España, António Costas y Pedro Sánchez, como representantes de una socialdemocracia heterodoxa alejada de la tercera vía.

En este aspecto, es de recalcar la relación entre ambos dirigentes, que ya se comprometieron en 2015 a profundizar en la integración y la cooperación ibérica en caso de formar gobierno en sus respectivos países. De especial relevancia para la opinión pública española fueron las palabras de António Costa en las que tachaba de “mezquina” e “irresponsable” la posición holandesa en cuanto a las medidas para paliar los efectos económicos de la COVID-19, recordando que Europa se enfrenta a un desafío común y que “no había sido España quien había creado o importado el virus”.

La Raya se ensancha (aunque las localidades rayanas sigan tan unidas como siempre) y los preámbulos constitucionales tienen poco que ver. No obstante, conviene leer entre líneas, porque hay palabras que se repiten o riman: “Estado de Derecho”, “libertad”, “igualdad” … Puede parecer obvio, pero los valores ilustrados que trajeron las revoluciones del siglo XIX y XX deben ser el parapeto de cualquier proyecto político emancipador, novedoso y democrático. Más ahora, cuando la sombra de cientos de autoritarismos se yergue en el mundo y surge en la Península de diversas maneras. En el mundo de las relaciones líquidas donde una pandemia lo solidificó todo, queda hueco para plantearse construir, con las herramientas y el pasado que los pueblos de Portugal y España recuerdan, un horizonte común para esa “balsa de piedra” a la deriva que nos enseñó José Saramago.